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Historia de los bulgaros 2MARÍA, PRINCESA DE BULGARIA, Y ROGER DE FLOR “Ella era una de las más hermosas e inteligentes doncellas del mundo” Ramón Muntaner Con peripecias militares están vinculados también los primeros contactos búlgaro-españoles documentados históricamente. Son de alto nivel y se producen medio siglo después de la época de Alfonso X el Sabio y de Iván Asén II. A inicios del s. XIV, el emperador bizantino Andrónico II Paleólogo acepta la ayuda de mercenarios catalano-aragoneses para repeler las incursiones turcas en las tierras del Imperio. Al frente de los cerca de 7000 combatientes llegados de la Península Ibérica en 1302 ó 1303 va Roger de Flor, noble aragonés por adopción. Para afianzar la alianza, éste pide y recibe la mano de María. Ella es hija de Irene, la hermana del emperador, y de un ex rey búlgaro, Iván Asén III, quien vivía exiliado en Constantinopla. O sea que María lleva en sus venas, por parte de padre, sangre aristocrática búlgara. En la corte bizantina la titulan oficialmente Princesa de Bulgaria. Para Ramón Muntaner, secretario de la tropa mercenaria ibérica, su padre es “el Emperador de Latzaura”: la Zagora. Cuando casa con Roger de Flor en 1302 ó 1303, la princesa María de Bulgaria es una joven de 15 ó 16 años. A los sucesos relacionados con ella de una u otra manera, están dedicadas cientos de páginas por autores catalanes y castellanos, contemporáneos de los acontecimientos y posteriores. Y, desde luego, por autores bizantinos. Ella es uno de los protagonistas de la célebre “Crónica” llevada por Ramón Muntaner. Éste queda fuertemente impresionado por María y la describe como “una de las más hermosas e inteligentes doncellas del mundo”. Un hecho curioso: más de cinco siglos después de haberse sumido en las tinieblas de la historia, MARÍA, princesa de Bulgaria, resucita como protagonista de una … ópera. Su estreno tuvo lugar en el mayor teatro madrileño, el Real, a principios de 1878, con ocasión de los esponsales del rey de España Alfonso XII. El autor de la música es el afamado compositor español Ruperto Chapí. El libreto es de Mariano Capdepón. En la ópera, la princesa María sacrifica su amor por el aristócrata búlgaro Basila (Voisil) con quien estaba prometida desde niña, y se casa con Roger de Flor porque es consciente de que de ese modo contribuye a la resistencia común contra los invasores turcos. “Almogávares”: así se llamaban los soldados de infantería, núcleo de los mercenarios catalano-aragoneses. Guerreros intrépidos e implacables, ellos rechazan a los turcos. Pero Miguel Paleólogo, heredero del trono bizantino y coemperador, consumido por la envidia a Roger de Flor, a causa de los honores que le fueron adjudicados, incita a sus aliados los alanos caucasianos, también mercenarios, a matar al aristócrata español. Mujer joven cuerda y prematuramente madura, buena conocedora de las intrigas en la corte constantinopolitana en la que se había criado, María suplica a su esposo que no vaya a Adrianópolis (hoy Edirne). Se ha enterado por sus propios canales palaciegos de que Miguel Paleólogo trama su asesinato allí. Pero Roger de Flor desoye sus consejos y muere apuñalado por la espada del cabecilla alano Girgón. Según algunos autores, el capitán de los mercenarios ibéricos va a Adrianópolis con la esperanza de preparar el terreno para derribar del trono búlgaro al zar Teodoro Svetoslav y poner en él a su suegro Iván Asén III quien vivía desterrado en Constantinopla. Investigadores búlgaros opinan que en 1303-1304 Iván Asén III ya había muerto. Sin embargo, algunos autores españoles sostienen que a la sazón reinaba en Bulgaria. En su novela “Bizancio” (1956) Ramón Sender dice que en el banquete en que se conocen María y Roger, el emperador habla de su “fraternal amigo y yerno el kan de Bulgaria, su cuñado Azán, gran cazador de volatería que reina en Sofía y tiene los mejores jerifaltes de Levante”. Según otras fuentes, se trabajaba en el proyecto de hacer rey de Bulgaria no al padre sino al hermano mayor de María. En otras versiones, por ejemplo en la del general y diplomático Francisco de Moncada, de 1623, el cuñado de Roger ya reinaba en Bulgaria pero en una de ésas un tío suyo se rebeló contra él y se adueñó de una parte de su Estado. Por lo cual Andrónico llamó a los catalanes a acudir en ayuda del cuñado en cuestión y poner orden también en Bulgaria. Pero en realidad esto no era más que una maniobra engañosa del emperador para distraer a los ibéricos de una injerencia más enérgica en asuntos más bizantinos. Según decíamos, en 1305 Roger de Flor se encamina rumbo a Adrianópolis y a su muerte. Menos mal que antes envía a su embarazada esposa a Constantinopla. Allí María de Bulgaria tiene un hijo. Con toda probabilidad, después de la muerte de Roger, el pequeño Rogeró (o Rogerón) sale con su madre para España. Su lugar no está en la corte bizantina, en la guarida de los lobos que encargaron el asesinato de su padre y mataron, según algunos, a miles de catalanes. Ramón Muntaner escribe que cuando empezó su “Crónica” en Cataluña en 1325, Rogeró estaba vivito y coleando. Por entonces debía ser un joven de 20 años. ¿De qué linaje greco-hispano-búlgaro fue progenitor en Barcelona o en las ciudades vecinas? Es muy probable que hoy, bajo el sol de Cataluña, viva más de una familia que no sepa que en sus venas corren, entre otras, gotas de sangre búlgara: por aquella remota antepasada María, princesa de Bulgaria.
LA VENGANZA CATALANA Asesinado Roger de Flor en Adrianópolis, comienza una infinita y sangrienta serie de matanzas en masas de catalanes por tropas bizantinas y, a modo de venganza, de matanzas catalanas en masas de bizantinos y sus aliados en todo Bizancio. Destacamentos de supervivientes ibéricos arrasan Tracia, entonces ora bizantina, ora búlgara, más tarde otomana, y luego repartida entre Bulgaria, Grecia y Turquía, de manera que la memoria genérica de la población de esas tierras trasladadas de Estado a Estado guarda todavía el recuerdo de la terrible “venganza catalana” de hace siete siglos. Y hasta hace una o dos generaciones, las ancianas de Bulgaria del Sur aún injuriaban a sus maridos borrachos y sus burros tozudos con la maldición “¡Ojalá te alcance un catalán!” Al año siguiente, 1306, los almogávares se lanzan a vengarse de los asesinos materiales de su adalid: los alanos que han huido al norte, cerca de la frontera búlgara. La batalla se produce en un hermoso valle en alguna parte a las faldas de Hemus (la Cordillera de los Balcanes). Según los cronistas griegos, por allí pasaba entonces la frontera de Bizancio con Bulgaria. Muntaner y otros españoles precisan que el combate tuvo lugar en las tierras del “Imperio de Landzaura”, o sea La Zágora o Bulgaria. Allí los españoles alcanzan a los alanos y matan a casi todos. Consiguen alcanzarlos a tiempo, subraya más tarde el general Moncada, porque no tenían la menor gana de permanecer mucho tiempo en territorio extranjero y tener que combatir también contra los fuertes búlgaros. Uno de los capitanes de los catalanes es Bernat de Rocafort. Sus victorias, afirman algunas fuentes, impresionan tanto a los búlgaros que el propio zar Teodor Svetoslav le ofrece alianza y la mano de su hermana. Rocafort consiente pero no hay información de que las negociaciones hayan seguido. En cualquier caso, no se formaliza una alianza búlgaro-aragonesa. Y no se llega a una nueva boda catalano-búlgara de alto nivel. Para su época hubiera sido un récord. Tanto más que un poco más tarde hubo otro matrimonio entre un oficial aragonés de alto rango y una aristócrata búlgaro-bizantina. En 1308, Ferrán d΄Aunes abandona a sus compañeros, se radica en Constantinopla y allí se casa con Teodora, hermana de María. Los almogávares devastan incluso algunos monasterios del Santo Monte Atos habitados, entre otros, por monjes búlgaros. Los frailes se dirigen al rey aragonés Jaume II en busca de socorro. El soberano ordena a sus súbditos a parar en seco sus incursiones a los santuarios cristianos, aunque ortodoxos, e incluso pone uno de estos monasterios bajo su amparo personal. Los anales de la época callan en cuanto a los resultados de tan augusta protección.
PARTE DE “LAS TRES CADENAS DE ESCLAVOS·BÚLGAROS” LLEGA A BARCELONA No callan otros documentos. Desde comienzos de ese mismo siglo XIV y a lo largo de casi dos centurias, en los mismos dominios de la Corona de Aragón cuyo centro era Barcelona, los notarios registran cientos de compraventas de esclavas y esclavos búlgaros. En la época de la conquista otomana de Bulgaria, época que ha quedado trágicamente en el folclor búlgaro como el período de “las tres cadenas de esclavos”, miles de búlgaros fueron vendidos por los turcos en los emporios del Mediterráneo. Cientos de ellos fueron comprados a través de intermediarios por mercaderes, armadores, juristas, artesanos, sacerdotes, cirujanos y otros vecinos de Barcelona, la gran puerta de España hacia Europa. Y de sus villas aledañas en Cataluña: Girona, Manresa, Igualada etc. Después de la gran epidemia de peste en España en 1347/8, la mano de obra se redujo bruscamente. Y es que los burgueses catalanes se hicieron ricos y podían comprarse esclavas, principalmente para trabajar como sirvientas. Los hombres eran menos demandados: a menudo escapaban de sus amos en la primera ocasión que se les presentaba. Se ha descubierto sólo una veintena de documentos de hombres búlgaros comprados, la mayoría a mediados del s. XIV. El primer esclavo búlgaro que aparece en los archivos es Dimítar, de 22 años. Fue vendido en 1388 a un armador barcelonés por 44 libras. La primera esclava búlgara desembarcada en el puerto barcelonés es Cursa, de sólo 8 años, comprada en 1385 por un mercader local por 27 libras y 10 sueldos. Luego, el flujo de esclavos y esclavas búlgaros arrecia. Según todos los estudios, el grupo más numeroso de esclavos de los países balcánicos que llegó a los confines catalanes era, sin duda, el búlgaro.
“LA HEREJÍA BÚLGARA” LLEGA CASI A ESPAÑA En la mayoría de las actas los esclavos y las esclavas son llamados búlgaros pero en algunas los encontramos como bugros o patarines: еl nombre que en aquel entonces se daba en Europa Occidental a los partidarios del bogomilismo. Ésta era “la herejía búlgara” que se enfrentó en la Edad Media a la ideología oficial cristiano-feudal, se opuso a la desigualdad social y al amontonamiento de riquezas por los aristócratas y el alto clero. Según los bogomiles, Dios creó el mundo espiritual, invisible, bueno, mientras que el terrenal, el material, es creación del Diablo y por eso es tan malo. Esta “herejía búlgara” llegó a los propios Pirineos, después de haber pasado por Italia y Francia. En ambos países los bogomiles búlgaros alimentaron la doctrina dualista de los revoltosos cátaros y albigenses. Del estrecho vínculo entre los bogomiles y los cátaros y del origen búlgaro de las herejías dualistas en Europa Occidental que amenazaron saltarse la barrera de los Pirineos y pasar a España, hay incluso algunos testimonios españoles. Así, Durand de Huesca, conocido predicador aragonés, enemigo implacable de los dualistas, señala en un libro de 1228 que en su época los cátaros franceses e italianos estaban divididos en tres grupos subordinados respectivamente a cofradías heréticas griegas, búlgaras y dragovetas, o sea, otra vez búlgaras. En el idioma español está registrada en forma escrita ya en 1526 la palabra “bujarrón”, si bien no la van a encontrar en casi ningún diccionario. Significa sodomita (véase el prestigioso Breve diccionario etimológico del castellano de Joan Corominas, tercera edición de 1973). Llegó más tarde a través del océano hasta Cuba como “bugarrón”. Allí se usa hasta hoy día con el significado de homosexual activo, y más libremente, también como sinónimo de macho que se mantiene de sexo. Corominas explica: “Derivado del bajo latín BULGARUS, nombre de los búlgaros empleado como insulto por tratarse de herejes, pertenecientes a la Iglesia ortodoxa griega; entró en castellano por conducto de otra lengua romance, probablemente el francés antiguo, s. XV.” He aquí otra prestigiosa prueba de carácter lingüístico-sexológico de los lazos entre los “depravados” – según los españoles – bogomiles búlgaros y los “depravados” – según los españoles – albigenses franceses que llegaron a las propias fronteras de España. O sea que esos búlgaros no son sólo cismáticos, no sólo escriben con letras ininteligibles sino que son herejes, y encima tienen inclinaciones sexuales perversas. ¡Olvido y anatema para ellos! En interés de la verdad hay que subrayar que el rencor era recíproco. En la literatura antigua búlgara existe más de un escrito en que los pueblos de Europa Occidental, los pueblos católicos, son designados con el común gentilicio “latinos” o “francos” y son presentados como gente de mal genio con una conducta y actitud negativas a priori para con los cristianos ortodoxos. Como frutos del mismo árbol común de los latinos son tenidos los españoles, sobre todo los catalanes, en especial después de los sangrientos desmanes de los almogávares en tierras búlgaras y vecinas a comienzos del s. XIV.
MÁS SOBRE LOS ESCLAVOS BÚLGAROS EN ESPAÑA Para quedar en los dominios de la Corona de Aragón, los esclavos y esclavas búlgaros debían adoptar forzosamente la religión católica y un nombre local. Una de las primeras se llamaba también María y también tenía 15 años, como la princesa de comienzos de ese mismo siglo. Hay varias Marías más: de 30, de 25, de 15, de 14 y hasta de 12 años. Hay una Yagoda, de 16 años, una Malicha, de 18, Erma, Yana, Stana, Lena, Kali, Mara, Koina… Agneta: 9 años. ¡Esclava de nueve años! Una niña anónima de 9 años. Una anónima madre de 40 años con una hija de 15. Luego, ellas se convirtieron en Margaritas, Caterinas, Constanzas, Simonas. Perdieron su fe y sus nombres después de haber perdido su tierra natal, sus raíces y sus familiares. Pero, a diferencia de muchos de sus compatriotas, no perdieron la vida. En Cataluña tenían al menos un techo encima y pan: hasta su muerte en esa tierra en el otro extremo de Europa. Incluso podían emanciparse, si bien trabajando muy duramente. Y mientras reunían el dinero para verse libres, no podían abandonar los dominios de la Corona de Aragón ni casarse sin la autorización de sus amos. Hubo casos en que las esclavas búlgaras no eran revendidas sino tan sólo cedidas en usufructo provisional a otro amo. Sin embargo, hay que enfatizar que a algunas, y no pocas, sus dueños y dueñas catalanes devolvieron el estatuto de seres humanos libres. En más de un documento notarial guardado en los archivos de Barcelona se otorga la libertad a búlgaras compradas. Incluso en algunos casos las antiguas esclavas se quedaban con sus amos como sirvientas, ya con salario y con la vejez asegurada. Así ocurrió por ejemplo con Arguis o Arguira, rebautizada como Caterina, que fue liberada en 1398 con un documento oficial por el sacerdote Joan Ferrer de Igualada. El mismo año, dos meses después de ser liberada, la búlgara ingresó como ayudanta en casa de Sibilia, probablemente la madre del cura. En 1417 el noble Gabriel de Villafranca de la villa de Santas Creus hizo un testamento en que liberaba a su esclava búlgara Simona. En el documento, no escatimaba elogios a la mujer y por su servicio irreprochable a él y a su familia, incluso le dejó toda una casa y una renta de 10 libras barcelonesas. La renta no era tan abultada para su tiempo pero tenía otro sentido, simbólico, significada dignidad. Mas la historia no acaba aquí. La mujer pidió quedarse a trabajar como sirvienta con los Villafranca, ya con sueldo. Por el bien que se le hizo ella pagó, ya como persona libre, con igual laboriosidad y honradez. 22 años más tarde, en 1439, en su propio testamento, Luis de Villafranca, el heredero del primer testador, vuelve a pronunciarse en términos muy halagüeños sobre la búlgara e insiste en reiterar la libertad que le había otorgado su padre. Por lo visto, las búlgaras se habían ganado la fama de trabajadoras celosas, modestas y honradas en las casas de los burgueses catalanes. El precio más elevado abonado en la ciudad por un esclavo o esclava durante dos largos siglos: de 1302 a 1502, fue pagado para una búlgara, en 1424: 90 libras barcelonesas. El precio medio era de 30-40 libras.
CABALLEROS Y MERCENARIOS ESPAÑOLES EN LAS TIERRAS BÚLGARAS Unas pocas gotas de sangre española se derramaron tal vez en tierra búlgara en la Cruzada de 1396 dirigida por el rey húngaro Segismundo. Algunos caballeros españoles llegaron a Buda para participar en la campaña de la católica Europa Central y Occidental contra el sultán otomano Bayaceto I. Éste ya se había adueñado de Veliko Tárnovo, la capital del reino búlgaro. Después de alcanzar ciertos éxitos en Bulgaria del Norte, la cruzada fracasa. Se apaga la primera esperanza de los búlgaros de rechazar el poder otomano con ayuda católica. En las cruzadas siguientes no hay caballeros de España. Los españoles terminan su propia Reconquista. Unos cuantos mercenarios catalanes aparecen tres decenios antes en la campaña búlgara de “El Conde Verde” Amadeo de Saboya. Éste acude a socorrer a Bizancio contra los turcos en 1366. Pero en aquel período Bulgaria está muy reñida con Bizancio y hasta ha capturado a su emperador, y encima, para su desgracia, se ha aliado provisionalmente con los osmanlíes para luchar contra Constantinopla. Pues los mercenarios catalanes ayudan a Amadeo a tomar algunos puertos búlgaros en el Mar Negro y a destruir algunas naves turcas en la bahía de Burgás.
DOS IMPERIOS ENFRENTADOS EN EL MEDITERRÁNEO Aplicando hábilmente la táctica de la antigua Roma de “Divide y vencerás”, los otomanos se apoderan de toda Bulgaria a fines del s. XIV. Tomando Constantinopla medio siglo más tarde, ellos continúan su expansión hacia el corazón de Europa. Otro medio siglo más tarde, o sea a comienzos del XVI, los turcos alcanzan combatiendo las tierras centroeuropeas. No lejos de éstas se encuentran los dominios del emperador de Alemania Carlos V, quien es también Carlos I, rey de España. Los otomanos amenazan por tierra y por mar también el Mediterráneo Occidental donde España pretende la primacía. Y comienza una larga lucha entre los dos Imperios, sobre todo por mar. Hacia ambas superpotencias gravitan aliados y mercenarios extranjeros. El mayor combate naval entre las dos enormes armadas: la de Turquía y las de España, Venecia, Génova etc. que se han unido en una Santa Liga, se libra en 1571. Las flotas se enfrentan cerca de la ciudad griega de Lepanto, en el Golfo de Corinto. Los cristianos están al mando del noble español Don Juan de Austria, hijo de Carlos I y hermanastro del rey Felipe II. Derrotan a los musulmanes y detienen provisionalmente sus incursiones marítimas al Oeste. Pero hubiera sido difícil que la Santa Liga cantara victoria si no pelearan a bordo de sus navíos varios miles de combatientes que habían emigrado a Occidente desde los países balcánicos subyugados por la Media Luna: Bulgaria, Grecia y Serbia. Considerando la importancia de su participación, antes del comienzo de la batalla los almirantes católicos permitieron a sacerdotes ortodoxos subir a bordo de los barcos para el juramento de estos marinos. En este momento, todas las naves católicas arrían sus banderas е izan en sus mástiles enormes estandartes rojos con una cruz blanca pancristiana. Así, ésta es la primera vez en la historia en que los católicos de España, Venecia y los otros reinos occidentales y los ortodoxos de Bulgaria y otros pueblos balcánicos entran en combate por una causa común bajo una bandera común. Mercenarios en la dimensión económica de su participación, voluntarios en su contexto político, estos anónimos héroes ortodoxos se encontraron, según algunos autores, entre los remeros más esforzados, entre los más intrépidos en el abordaje, entre los más abnegados en la lucha pelea cuerpo a cuerpo. No sería extraño que en la batalla de Lepanto fuera justamente algún búlgaro el que salvara la vida a un español de 24 años llamado Miguel a quien una bala turca inutilizó para siempre el brazo izquierdo. Es posible que fuera precisamente un búlgaro el que echara atrás a los tiradores del sultán que arremetían para rematar al español. Y así, a Miguel le quedó al menos la mano derecha con la que tiempo después iba a escribir una gran novela de un hidalgo sabio y humano en su locura…
UN ESPAÑOL SE ENCUENTRA CON MONJES BÚLGAROS EN HILENDAR Pero después de Lepanto la “Guerra Santa” entre los dos imperios no cesa. Piratas turcos capturan a este mismo Miguel y lo llevan como esclavo a Argel. Mientras, un compatriota y hermano de pluma de éste es conducido como esclavo a Estambul. Su nombre es Cristóbal de Villalón. Al menos bajo este nombre se publica en 1588 en Valladolid la primera edición del libro “Viaje de Turquía”. Aún se discute si Villalón es autor de la obra y si ésta tiene carácter autobiográfico. Sea como fuere, su protagonista Pedro de Urdemalas escapa de Estambul, llega a duras penas al Santo Monte Atos, hoy en Grecia, y visita a los monjes búlgaros del Monasterio de Hilendar. Los frailes le invitan a probar su cena monástica búlgara de gala: “queso molido que meten en cueros y sécase allí; olla de unas como arvejas que llaman “fasoles”, y aceitunas como las pasadas, y a casco y medio de cebolla. El pan era algo durillo pero no malo.” El español subraya el espíritu democrático en las relaciones entre los miembros de la cofradía monástica en Hilandar y su extraordinaria laboriosidad. “Cada mañana, en amaneciendo, veinte frailes salen por aquí con sus azadas a cavar las viñas, otros tantos por acullá, con las yugadas; por la otra parte, otros tantos, con sus hachas, al monte a cortar leña o madera; cincuenta otros están haciendo aquel cuarto de casa, enyesando, labrando tablas. Maestros hay de hacer barcas y navíos pequeños; otros van con sus remos a pescar para la casa; otros, a guardar ovejas; los de oficios mecánicos quedan en casa, como zapateros, sastres y calceteros, herreros; de tal manera que si no es el prior y el que ha de decir la misa, y algún impedido, no queda, hasta una hora antes que el Sol se ponga, hombre en casa”, cuenta el español. Hasta a él le invitaron a desentumecerse en los viñedos o en los olivares. “Lo que seis obreros cavarán en un día, ellos largamente lo hacen cuatro. ¿Qué pensáis? Antes que fuesen frailes no eran más de eso tampoco: ellos, al parecer, tienen vida con que se pueden bien salvar, y no piden a nadie nada ni son importunos.” Dos siglos antes de que el monje búlgaro Paisi escribiese en su celda en el mismo Monasterio de Hilеndar su “Historia Eslavobúlgara”, primera antorcha del Renacimiento búlgaro, he aquí los antecesores en sotana de sus “labradores, cavadores y sencillos artesanos” que rescataron y mantuvieron vivo el pabilo del espíritu nacional. El humanista español Villalón – o el autor del libro, o al menos su protagonista - halló una ocupación muy adecuada para los búlgaros que encontró en Hilendar: “Si en nuestras fronteras de moros hubiesen monasterios desa manera, no se deserviría Dios ni el rey; porque a Dios le defenderían su fe y le servirían, y al rey su reino. Creo que irían de tan buena voluntad la mayor parte dellos con el ejército como a ganar los perdones de más indulgencias que la Cruzada concede, y aun que cortase tanto la espada de algunos como las de los soldados. Que Dios me castigue si no es así.” Dios no habría tenido ninguna razón para castigarle. Muchos sacerdotes búlgaros, tanto ortodoxos como católicos, participan en la época de Villalón y en los siglos siguientes en todos los levantamientos búlgaros contra la dominación otomana.
UN HISTORIÓGRAFO SEVILLANO DEL SIGLO XVI ESCRIBE DE LOS BÚLGAROS Villalón – o su protagonista Pedro de Urdemalas – debió probar el pan y el queso de los monjes búlgaros allá por el año 1555. Diez años antes, otro humanista español, el historiógrafo Pedro Mejía, publica su voluminosa “Historia imperial y cesárea… desde Julio César hasta el emperador Maximiliano”: una prueba más del interés del hombre renacentista por la antigüedad. La primera edición salió en Sevilla en 1545, dos años antes de que naciera nuestro ya conocido Miguel, apellidado Cervantes, que quedó manco en Lepanto. El libro gustó mucho al rey Carlos I de España. El monarca y miles de sus súbditos españoles se enteran por este libro del glorioso pasado de un pueblo cristiano de los Balcanes, en aquella época olvidado por Europa y hasta por Dios, de sucesos sumamente interesantes en que participaron kanes, reyes y soldados búlgaros. Se enteraron por ejemplo cómo ya en el s. V “los búlgaros obligaron al emperador bizantino Zenón a entenderse con ellos, después de que hicieran mucho daño en la Provincia de Tracia”. Y cómo dos siglos más tarde los búlgaros, “del mismo nombre y origen, bajaron a la Tracia, en número de más de cien mil personas, y comenzaron a hacer la guerra en el imperio, y se comenzaron a hacer señores y apoderarse de algunas tierras señaladas. Lo cual, visto por el emperador, a quien no le faltaba ánimo de príncipe valeroso, ayuntó sus gentes y por su persona fue a defender sus súbditos y la guerra se trató algunos días muy áspera y cruel y los búlgaros procuraron venir con él a batalla campal y hubieron de pelear a banderas tendidas y fue la batalla en gran manera reñida. El emperador fue vencido y muchas de sus gentes muertas y él hubo de usar del remedio común de los vencidos, que fue huir por escapar… Los búlgaros de su voluntad enviaron a pedir paz a Constantino, diciendo que les diese do morasen y que querían ser sus amigos: lo cual oyó él según el presente estado con grande voluntad.” Así termina el cronista español Pedro Mejía su relato de la fundación del Primer Estado búlgaro balcánico por el kan Asparuj. Es impresionante lo escrito por el historiógrafo sevillano del reinado del sucesor del kan Asparuj: el kan Térvel (700-718), llamado en el libro ”Tribellium” o “Tribellio”. El español cuenta de la victoria contundente de los búlgaros sobre los árabes. Los guerreros del Islam habían asediado Constantinopla con una tropa de más de cien mil hombres, después de haber conquistado prácticamente todo el resto de Bizancio. “Parte destas gentes con algunos Capitanes viendo que no había resistencia, caminaron por la Tracia, robando y matando, hasta entrar por Bulgaria, a cuya defensa el Rey de Bulgaria envió tan buen ejército que no solamente defendieron sus términos, pero desbarataron los enemigos, y mataron, según los historiadores dicen, treinta y dos mil dellos”, informa Mejía a sus compatriotas. Sus compatriotas de entonces tal vez no llegaron a darse cuenta del sentido íntegro de esta victoria de los búlgaros que en realidad fue de importancia capital para toda Europa. Se produjo en 717. Hubo otra, decisiva, en 718, y no sólo en las tierras búlgaras devastadas por los árabes sino ante las murallas de la propia Constantinopla. De no haber sido la intervención de Térvel, la ciudad habría caído pronto en manos de los musulmanes. Tal como ocurriera siete años antes, en 711, cuando después de la batalla del río Guadalete en el sur de España, los beréberes y árabes que habían cruzado Gibraltar, tomaron casi toda la Península Ibérica. Para que no cayera en manos árabes la otra península extrema de Europa del Sur: la Balcánica, desempeñaron un papel de suma importancia los búlgaros. La intervención de Térvel impidió a los combatientes musulmanes del Califato atenazar desde el este todo el continente, una vez que desde el oeste habían llegado hasta Francia. Los españoles sabían que Europa fue salvada de la invasión árabe en 732. En la batalla de Poitiers, en Francia, Carlos Martel infligió una dura derrota a los guerreros islámicos combatiendo con 7000 francos contra 6000 árabes. Pero no sabían que el kan búlgaro Térvel, quien, dicho sea de paso, era cristiano, venció con unas decenas de miles de guerreros al ejército árabe de cien mil soldados, ante los muros de Constantinopla, y rechazó por mucho tiempo a los invasores musulmanes lejos de Europa. Según se expresó más tarde un historiador inglés de la época de la Ilustración, sin este triunfo búlgaro en Cambridge y Oxford ahora estudiarían el Corán y los almuecines cantarían en el centro de Londres. En esa hora tan dura para la Europa cristiana cuando sus soberanos le dieron la espalda a la Constantinopla sitiada, fueron únicamente los búlgaros los que se encargaron de la difícil misión de salvar Bizancio y el cristianismo (y a sí mismos, desde luego) de la expansión árabe: “Veo que sólo de los Búlgaros el emperador León fue socorrido”, subraya Mejía. Y luego cuenta en decenas de páginas más de las hazañas del kan Krum y de las traiciones del kan Sabín, de la cristianización de los búlgaros en tiempos del emperador bizantino Miguel III y de su caída bajo el poder bizantino después del zar Samuil.
ESPAÑOLES Y BÚLGAROS SE DISTANCIAN Sometido el pueblo búlgaro por los turcos, su destino se sumió en un largo olvido al sur de los Pirineos. Nadie en España se enteró de que medio siglo antes de 1553, cuando en la hoguera de los torturadores calvinistas pereciera el gran español Miguel Server, que dio al mundo los principios de la circulación sanguínea, en la hoguera de los verdugos otomanos había perecido el gran búlgaro San Jorge de Sofía. Éste dio a sus vejados compatriotas el ejemplo de su sacrificio en aras del espíritu cristiano búlgaro. 150 años después de que Colón descubriera América, autores españoles hablan todavía de un tal “Reino” o “Principado de Bulgaria”, que hacía dos siglos y medio había desaparecido del mapa de Europa. Pero los búlgaros no les guardan rencor a los españoles por esta falta de información. Mientras España se convierte en imperio mundial en que “el Sol nunca se pone”, mientras sus escritores y pintores crean las grandes obras del Siglo de Oro de la cultura española, mientras en el país discurren las centurias del Renacimiento y la Ilustración, los búlgaros, oprimidos y olvidados, pugnan por sobrevivir como pueblo en los límites del Imperio Otomano, por conservar su lengua y su religión cristiana. Cuando en España crean sus obras Cervantes y Lope de Vega, El Greco y Velázquez, en las tierras búlgaras no hay ni poetas ni pintores y a los búlgaros les está prohibido imprimir sus libros. No tienen siquiera escuelas, salvo cursillos elementales de escritura, lectura y religión a cargo de monjes en algunos monasterios e iglesias. Es precisamente allí, tras los muros de los monasterios, donde se conserva la cultura búlgara y se guarda la parpadeante llama del espíritu búlgaro. No es casual que sea considerado como el primer renacentista búlgaro el monje Paisi del Monasterio de Hilendar del Monte Atos, donde el personaje de Cristóbal de Villalón se encuentra con monjes búlgaros a mediados del s. XVI. Es en Hilendar donde Paisi escribe en 1762 su “Historia Eslavobúlgara”: manifiesto de patriotismo y llamado a la lucha del pueblo búlgaro contra los subyugadores otomanos. Y no es casual que cuando hoy visitan Bulgaria, la mayoría de los extranjeros – y los españoles entre ellos – no dejan de ver otro monasterio: el de Rila. Es el más grande y el más conocido; es un lugar sagrado para la nación búlgara. Lo fundó en el s. IX-X San Juan de Rila, patrono y protector de Bulgaria. Allí desearon ir la infanta española Elena y su esposo Jaime de Marichalar, cuando visitaron el país en 2003. Para los búlgaros, el Monasterio de Rila tiene el mismo significado emblemático, como fortaleza del patriotismo y del espíritu, que el que reviste para los españoles la Catedral de Santiago de Compostela, donde se cree que se guardan las reliquias del Apóstol de Cristo San Jacobo el Grande.
UN VIAJERO ESPAÑOL ATRAVIESA BULGARIA En aquellos siglos, los diplomáticos y viajeros españoles que iban a Estambul, la perla del Bósforo, se desplazaban por mar, y no por los inseguros y malos caminos balcánicos. Por mar les resultaba más recto, más cómodo y más seguro. Por ello, no hay notas de viaje de españoles describiendo Bulgaria hasta los comienzos del s. XIX. En 1807, el arabista, viajero y explorador catalán Domingo Badía y Leblich, disfrazado de príncipe árabe y bajo el nombre de Alí Bey al-Abbasi, cruza a toda prisa Bulgaria, después de haber recorrido los Santos Lugares de Oriente y llegado a Estambul. En pleno invierno, se encamina a atravesar la Cordillera de los Balcanes para llegar por Ruse a Bucarest, y de allí, a Occidente. Años después salen sus notas de viaje en que leemos que el 13 de diciembre de 1807, después de pasar por Stara Zagora y Kazanlak, Alí Bey viajó toda la noche. Lo azotó una fuerte borrasca de viento, lluvia y nieve, pero llegó a duras penas a Shipka , pueblecillo situado a la falda del Balcán, o Monte Hemo. Allí se vio obligado a detenerse dos días antes de exponerse al paso de la montaña, cubierta a la sazón de inmensa cantidad de nieve. El 16 la atravesó y pasó por una pequeña aldea, probablemente Bozhentsi, cuyas casas de madera estaban medio enterradas en la nieve. “Y continuando en bajar, hizo alto en Gabrova, población donde las casas son parte de madera, parte de cantería.” Luego llegó a “Terranova” – Tarnovo – donde vio muchos jardines, viñas, algunas casas de hermosa apariencia y bazares cubiertos, mas todo estaba lleno de nieve y la estación era poco favorable a las observaciones”, escribe el catalán. De todos modos, deja algunas observaciones superficiales de viviendas y vestimenta.
EL GENERAL PRIM EN SHUMEN Y TUTRAKAN Para el siguiente español que visitó Bulgaria deberemos esperar casi medio siglo: hasta la Guerra de Crimea de 1853-1856, en la que Turquía, apoyada por Inglaterra y Francia, pelea contra Rusia. Entonces España envía como observador con el Estado Mayor del ejército turco en las tierras búlgaras a uno de sus generales más destacados, también catalán: Juan Prim y Prats. Después de siglos de conflictos y discordias, se ha producido cierto calentamiento de las relaciones entre Madrid y Estambul. ¿Por qué? Porque en 1833 la Rusia de Nicolás I rompe sus vínculos con España, no reconoce como reina legítima a Isabel II y por mucho tiempo presta apoyo no oculto a sus rivales de la otra rama de los Borbones españoles: a los carlistas, que libran – y pierden – tres guerras civiles contra los liberales. Así que en el siglo XIX, sin exteriorizar demasiada simpatía por Estambul, España tiene ánimos más bien proturcos que prorrusos. Esto se traduce en el desinterés de los gobernantes en Madrid por los movimientos emancipadores de aquellos pueblos balcánicos sojuzgados por el sultán que cuentan con el respaldo de Rusia. Apenas la repercusión pública en España del Levantamiento búlgaro de Abril de 1876 cambiará las cosas. En 1853, si bien es neutral frente al conflicto en el plano militar, España ha asumido cierto compromiso de ser aliado anglo-franco, y por ende turco, en el aspecto moral. El general español se gana la confianza y amistad del comandante en jefe del ejército turco Omer-baja (católico croata que se convirtió al Islam). El español fue su huésped por largo tiempo en Shumen, hoy ciudad búlgara, y le dio valiosos consejos de cómo disponer sus baterías sobre el Danubio en Tutrakán, hoy también en Bulgaria, para que fueran más eficaces en los combates contra los atacantes rusos. Y uno de los edecanes de Prim, el teniente coronel Carlos Detenre, capitaneó, con audacia y éxito, a soldados otomanos en un combate contra cosacos que los habían atacado por sorpresa avanzando hacia Tutrakán. El general Prim escribe un libro sobre su expedición búlgara. Cuenta con lujo de detalles en cuántas horas una tropa puede desplazarse de tal a tal ciudad y cómo son el terreno y los caminos desde el punto de vista militar. Por ejemplo: ”De Kesanlik a Tirnova: 21 horas. Valle notable de Kesanlik, al pie de Balkán, cubierto de frondosos bosques de rosas. Travesía del Balkán y como descanso, después de llegar a la cumbre del Balkán, el monasterio griego de Sokol habitado por doce monjes hospitalarios.” Sin embargo, Prim no deja ninguna descripción de las ciudades búlgaras que visitó, salvo de Shumen donde pasó meses. Recuerda “Chumla” como una “ciudad de 30.000 habitantes entre búlgaros, turcos y hebreos que merece en el país el rango de industriosa y comercial, por tener algunas fábricas de cueros e hilados, un bazar con surtido de objetos ordinarios y varias tiendas de comestibles. Su apiñado y ruinoso caserío de madera se reparte en tortuosas y angostas calles, acumulándose en ellas mezclados los vendedores de todo género, el ganado, la tropa, las reses muertas y todos los medios de transporte conocidos en el ejército; todo lo cual desarrolla una atmósfera pestilente de muy peligrosas influencias en el estío, o cuando por desgracia se ve invadido el país por alguna epidemia.” Prim vuelve a España donde pronto comienza una oleada de acciones armadas. Los historiadores llaman el período de 1868 a 1874 “el Sexenio Revolucionario”. En 1869 es aprobada la constitución más democrática de la España del XIX. Prim es uno de los que expulsan a la reina Isabel II y ofrecen el trono a Amadeo de Saboya, hijo del rey italiano. Pero antes de recibir al nuevo monarca, el general es asesinado en 1870. Amadeo no consigue arreglar el caos político en el país y abdica. En febrero de 1873 en España es proclamada la república. Esto ocurre una semana antes de que sea ahorcado en Sofía el Apóstol de la revolución búlgara Vasil Levski, luchador por “una república pura y sagrada”. Luego viene un pronunciamiento y la restauración de los Borbones. Sólo un año después se produce un nuevo pronunciamiento y la restauración de los Borbones. Ocupa el trono el hijo de Isabel, Alfonso XII. que reinará de 1875 a 1878. Durante su reinado, en 1876, será promulgada una nueva Constitución del país que concede la libertad de expresión, incluida la de prensa. De ello gana la causa búlgara porque varios periodistas y políticos en España defenderán sin temor a los búlgaros ultrajados en su Levantamiento de Abril del mismo año.
UN DIPLOMÁTICO ESPAÑOL Y LAS LUCHAS DE LOS BÚLGAROS POR UNA IGLESIA INDEPENDIENTE En medio de todo ese embrollo político en la España de los años 70 del siglo XIX, difícilmente podemos esperar que algún español escribiese sobre los asuntos búlgaros antes de echar a arder las llamas de la Insurrección de Abril de 1876. Hasta entonces no hay y difícilmente puede haber comentarios españoles de las diversas fases, corrientes y manifestaciones del movimiento organizado de liberación nacional de los búlgaros que se desencadena en la segunda mitad del s. XIX, de sus ideólogos Gueorgui Rakovski (1821-1867), Liuben Karavélov (1834-1879), Vasil Levski (1837-1873) y Hristo Bótev (1847-1876). Eso sí, hubo una excepción. José Antonio Aguilar, encargado de negocios de la legación en Estambul, envía a Madrid de 1870 a 1872 más de diez despachos dedicados a las luchas de los búlgaros en la capital otomana por la independencia eclesiástica. El diplomático aprecia la creación de una iglesia búlgara independiente, realizada con un decreto del sultán de febrero de 1870, como un acto progresista de importantes proyecciones políticas. Es el primer español que constata que con la creación del exarcado búlgaro autónomo se reconoce la existencia de una nación búlgara propiamente dicha en los confines del Imperio Otomano. Aguilar destaca que el éxito de los búlgaros es “una verdadera revolución”. Ve en él un golpe a la teocracia griega que aspira a conservar su poder eclesiástico sobre los búlgaros en el Estado otomano. Ve también un golpe al poder teocrático en general. O sea que señala a los búlgaros como ejemplo que podían seguir sus compatriotas españoles en la lucha que llevaban entonces contra el absolutismo del Vaticano. Comments (2)
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