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Historia de los bulgaros 3EMILIO CASTELAR Y LA CUESTIÓN ECLESIÁSTICA BÚLGARA A las peripecias en torno a la Cuestión Eclesiástica se refiere también Emilio Castelar (1832-1899), eminente político, orador e historiador español. En 1877 hace el siguiente análisis: “Allá por 1868 se empeñó un combate litúrgico, sobre el cual no acertó á fijarse la atención pública de Europa, y que encerraba en sus apariencias teológicas todas las cuestiones políticas de Oriente. Los búlgaros cristianos, pertenecientes en su mayor parte a la Iglesia griega, demandaban la separación del Patriarcado que reside todavía en Constantinopla… Los griegos comprendieron al momento el secreto de toda aquella agitación, el espíritu político encerrado en todas aquellas manifestaciones litúrgicas, el cual se reducía a constituir una especie de nacionalidad espiritual búlgara, mucho antes de que existiese la nacionalidad política, en competencia con las helenas, y en previsión de su participación necesaria en la cuantiosa herencia de Turquía. Así es que lucharon contra la autonomía religiosa de Bulgaria… Ved ahora cómo tras la cuestión religiosa se plantea en toda su desnudez la cuestión política.”
ESPAÑA Y EL LEVANTAMIENTO DE ABRIL DE 1876 A partir de 1875 España tiene un nuevo embajador en Estambul: Augusto Conte, notable diplomático, receloso respecto a la política rusa en los Balcanes y a las aspiraciones emancipadoras búlgaras apoyadas por Petersburgo. Es el primero en comunicar a Madrid por vía diplomática sobre el Levantamiento de Abril de 1876, cumbre de la lucha de liberación nacional del pueblo búlgaro contra la opresión del feudal Imperio Otomano en descomposición. En un despacho secreto al Ministerio de Exteriores enviado una semana después del primer disparo de los revolucionarios en la ciudad de Koprívshtitsa, el embajador anuncia: “Una nueva insurrección ha estallado en Bulgaria. Es un nuevo síntoma de los males que afligen a este Imperio… Se agrava pues, de día en día la situación ya crítica de este Imperio y esta nueva insurrección de la Bulgaria viene a comprobarlo nuevamente.” Empiezan a aparecer noticias también en los periódicos españoles. Ellos siguen el desarrollo de la Crisis de Oriente pero hasta el revolucionario Abril no cuentan con pruebas de que los búlgaros también se inscriben entre los pueblos sojuzgados por el Imperio Otomano que aspiran a la liberación. La prensa madrileña de ese 1876 refleja todos los aspectos principales de la Epopeya de Abril: las causas y los objetivos, la acción búlgara, la reacción otomana y las consecuencias. Se subraya, sin embargo, que la tarea de los búlgaros es la más difícil: sus tierras son las más cercanas a la metrópolis turca y “sufren la acción inmediata del despotismo de sus dominadores”. Pero hasta el Levantamiento de Abril a la opinión pública española le falta una acción armada búlgara de envergadura que motive su respaldo a un pueblo que no espera su liberación desde fuera sino que pelea y se inmola por ella. Al sexto día del comienzo de la rebelión nacional, la prensa española publica breves noticias a base de las agencias telegráficas. Casi todos los diarios de Madrid y algunos de Barcelona insertan telegramas en que se comunica que “en Bulgaria estallaron desórdenes”, “disturbios en Bulgaria”. En los días siguientes los desórdenes y disturbios se transformarán en “insurrección”, “movimiento insurreccional”, “movimiento por la autonomía”. Pronto se escribirá de “movimiento por la entera independencia”. Al esclarecimiento de la Cuestión Búlgara se incorpora una de las primeras espadas del periodismo español de entonces: José Fernández Bremón. Tiene 37 años y redacta la “Crónica general”. Es el principal espacio de actualidades del más leído semanario español: “La Ilustración Española y Americana”. Su arma de mayor peso es la sátira política: “Un periódico serio y diplomático, enemigo de los cuentos, del sentimentalismo y de la poesía, sabe a ciencia cierta que las aldeas incendiadas en Bulgaria lo fueron por sus mismos propietarios, a quienes se había hecho creer que Europa obligaría al Sultán a indemnizarles ampliamente si excitaban su compasión asesinando a sus familias, para que se atribuyese el crimen a los creyentes de Mahoma. Los habitantes entusiasmados quemaron sus aldeas, degollaron a sus hijos y a sus padres, y los bashibozouks sólo encontraron a su paso pueblos en ruinas, sobre los cuales derramaron lágrimas turcas, o recogieron doncellas abandonadas, que depositaron con religiosidad en los colegios más cercanos. Consignamos con placer este nuevo y singular aspecto de la historia.” El sarcasmo de José Fernández Bremón tiene extraordinaria fuerza. Aprovecha cada ocasión que le brinda la prensa española y extranjera para desenmascarar los esfuerzos de los amigos europeos del sultán, y en primer lugar de los de Londres, por distorsionar la verdad sobre los escarnios de los otomanos contra la Bulgaria sublevada pasando la culpa de ellos a los búlgaros y Rusia. La Cuestión Búlgara se plantea también en los análisis españoles del golpe de Estado cometido en Estambul por el partido proinglés “Joven Turquía” el 30 de mayo, y de la llegada al poder de un nuevo sultán. El 1 de junio el católico “El Siglo Futuro” comenta: “Créese que ahora se llegará a un acuerdo con los rebeldes. Pero no, los búlgaros ya no se contentan con reformas, y lo que quieren es su entera independencia. A más hoy, después de la guerra bárbara y cruel que les han hecho los musulmanes.” Se destaca que los búlgaros habían preparado su rebelión nacional hacía tiempo, que no es un arrebato fortuito de descontento. Se subraya la gran importancia económica y estratégica de Bulgaria. En realidad, el periódico madrileño resalta la principal consecuencia política interna de las cruentas represalias: la plena radicalización de las aspiraciones emancipadoras del pueblo búlgaro. De las represiones se escribió mucho en la España de 1876. El primero que las menciona es Pedro de Toledo, encargado de negocios de la legación española en San Petersburgo. El 27 de junio, por correo diplomático, escribe al Ministerio de Estado en Madrid: “En Bulgaria cometen los musulmanes horrorosos sucesos y los peligros que estos hechos entrañan son la consecuencia natural de la actitud adoptada por Inglaterra.” El 22 de julio “El Siglo Futuro” estigmatiza “las terribles atrocidades de los turcos en Bulgaria”. El rotativo publicará los párrafos más vibrantes de los reportajes y artículos que los destacados periodistas Ivan de Vestine y Januarius MacGahan enviaron desde Bulgaria a “Le Figaro” de París y al “Daily News” de Londres después de la insurrección. El 29 de julio otro influyente diario madrileño, “La Época”, vocero de Antonio Cánovas del Castillo, presidente del gobierno español de entonces, dedica amplio espacio al artículo acusador de De Vestine en “Le Figaro” del 24 del mismo mes y lo vincula con los resultados de la investigación internacional sobre las atrocidades en Bulgaria. Cosas increíbles ha revelado al mundo un hombre que recorrió Bulgaria y contó todo lo que vio en esos desdichados pueblos cristianos – dice “La Época”. – Los enviados de muchos países cristianos han informado por escrito a sus gobiernos que esas crueldades son un hecho. Al día siguiente el periódico condena “la monstruosa política de equilibrio europeo mal entendido”. Señalemos que precisamente entonces, en otoño de 1876, después del fin de la última Guerra Carlista y la adopción de la nueva Constitución liberal española, con su libertad de expresión, todos los partidos y todas las figuras políticas procuran atraer a las masas con planteamientos de democracia y libertad en sus programas. La Cuestión Búlgara resultó una importante piedra de toque en esta campaña. Ningún periodista o político español defendió abiertamente posiciones proturcas o proinglesas respecto al Levantamiento de Abril en Bulgaria. Semejante unanimidad no era esperada ni en Estambul, ni en el Londres oficial. Tal vez, ni en Madrid. Otro rotativo madrileño de prestigio que defiende a los búlgaros es el órgano de los militares españoles “Correo Militar”. Dentro de unos meses éste reflejará objetivamente el papel de Rusia y la participación búlgara en la Guerra de Liberación, y ahora informa de los resultados de las averiguaciones de dos diplomáticos occidentales realizadas en algunas de las regiones búlgaras aplastadas durante la insurrección. Y apoya la actividad del liberal británico William Gladstone en defensa de los búlgaros. Por lo demás, la primera traducción en el mundo del notable folleto de Gladstone “Las atrocidades búlgaras y la Cuestión de Oriente” salió muy probablemente en español. El original inglés salió en septiembre de 1876, y su traducción completa apareció en el número de agosto-septiembre de la madrileña “Revista Contemporánea”. En “La Ilustración Española y Americana”, Eusebio Martínez de Velasco, redactor que tiene a su cargo los grabados y las notas explicativas de éstos, publica casi en todos los números del semanario ilustraciones relacionadas con Bulgaria. Por ejemplo, en el número del 22 de agosto de 1876 comunica: “Calcúlase que han perecido más de 12.000 búlgaros, decapitados o ahorcados, en menos de cuatro meses, y muchos de ellos por leves sospechas de ser partidarios de la insurrección. La villa de Peroushtitza, que tenía 2.500 habitantes cuando estalló la guerra, apenas cuenta hoy 150, entre ancianos, mujeres y niños.” Según “Correo Militar”, al ser aplastada la rebelión fueron asesinados más de 25 000 búlgaros, entre hombres, mujeres y niños. El 30 de agosto cuando en el parisino “Le Rappel” el reputado escritor francés Victor Hugo condena la barbarie y llama a liberar a los búlgaros, en “La Ilustración Española y Americana” hace lo mismo su hermano de pluma español José Fernández Bremón: “Allí la crueldad ha centuplicado los odios de raza que existían. Las hijas de familia arrancadas a los cristianos por los turcos para surtir los harenes de Asia; los niños y ancianos degollados fríamente; las ruinas ennegrecidas de Batak, población de 8.000 almas en Bulgaria, pacífica y floreciente hace poco, y sobre cuyos escombros calcinados, sepultura de un pueblo, vagan hoy como sombras, lanzando gemidos, algunos centenares de mujeres, extenuadas y hambrientas, entre los esqueletos de sus hijos, padres y maridos, a quienes ni tuvieron fuerza para depositar bajo la tierra; las sangrientas y crueles ejecuciones de prisioneros; los saqueos y los ultrajes al honor, no es fácil que se olviden ni perdonen con persuasiones diplomáticas. No creemos que éstas acallen las maldiciones que los cristianos lanzan contra las tropas y el Gobierno del Sultán.” Como se puede apreciar, condenando a los verdugos, el periodista español los distingue muy justamente del pueblo turco. No es al pueblo al que acusa sino al gobierno del Imperio Otomano y a sus ayudantes de Europa Occidental. Con la nueva fase, búlgara, de la Crisis de Oriente, gran parte de la opinión pública de España exige la acción de los gobiernos europeos para solucionar la Cuestión de Oriente mediante una intervención quirúrgica y hasta admite como enteramente lógica la injerencia de Rusia. En este sentido se pronuncia por ejemplo el diplomático y publicista Enrique Dupuy de Lôme, considerado entonces el mejor conocedor español de la Cuestión de Oriente.
CASTELAR Y LA CUESTIÓN POLÍTICA DE BULGARIA Al cañoneo español se incorpora un obús de muy grueso calibre: nuestro ya conocido político, publicista y orador Emilio Castelar, íntimo amigo y correligionario de Victor Hugo. En su libro “La Cuestión de Oriente” terminado en agosto de ese mismo 1876, Castelar valora el Levantamiento de Abril como justificado. Ha estallado “por exacciones y vejámenes sinnúmero” de la administración otomana, y el objetivo de los rebeldes es “defender caramente su libertad y su honra”. “Las noticias de Bulgaria son horribles”, se indigna Castelar. Por él, la España de entonces volvió a oír hablar de Batak, “donde los 1200 sobrevivientes son más infelices que los muertos”. Se enteró de la Mariana Pineda búlgara, Raina “la Princesa”, “una maestra de escuela, que ha sido arrestada, presa, puesta a pan y agua durante largos días por el horrendo crimen de haber bordado una bandera”. Sigue el punto culminante de Castelar, que tiene extraordinario valor político: “La cuestión de Bulgaria se ha elevado hasta ser uno de los términos principales del Problema de Oriente, como la cuestión de Bosnia, de Herzegovina, de Servia y del Montenegro.”
ESPAÑA SE ENTERA DE LA ACCIÓN DE HRISTO BÓTEV Para dar mayor publicidad a esta Cuestión Búlgara, el insigne poeta y revolucionario búlgaro Hristo Bótev realiza en mayo de 1876 el breve pero impresionante secuestro del barco austríaco “Radetzky” por el Danubio. Esta acción tampoco dejó de tener repercusión española. El primero en comunicar de ella, en estilo telegráfico, es el periódico catalán “Diario de Barcelona” que una semana después del acontecimiento informa: “Doscientos rebeldes búlgaros han bajado a la orilla búlgara del Danubio para ayudar a sus hermanos insurrectos.” Sigue una exposición más extensa en el “Correo Militar” del 27 de junio. A base de los relatos del capitán del barco “Radetzky”, los redactores dibujaron un cuadro de lo sucedido. Bueno, cometieron algunos errores y lagunas al traducir el texto del alemán o francés, pero los elementos más importantes del hecho sí están presentes: “Al capitán se acercó un señor anciano, con barba blanca, le habló en francés, diciéndole que era voivoda y le entregó un papel escrito también en francés. El papel era una orden del comité revolucionario al capitán, en la que, en nombre de la humanidad y la libertad, le mandaba desembarcar 200 insurrectos que se encontraban a bordo, cerca de Lom Palanca; en caso de resistencia se le amenazaba con emplear la fuerza. No queriendo obedecer el capitán en el primer momento, el voivoda hizo una señal y en el mismo instante 200 hombres arrojaron los capotes, apareciendo con uniforme de cazadores; abrieron los equipajes y sacaron magníficos rewolvers y fusiles. El capitán se vio obligado a obedecer. Detúvose el buque y saltaron a tierra 200 hombres desplegando la bandera tricolor eslava. Apenas se había puesto en movimiento el vapor, salieron los centinelas de un cuerpo de guardia inmediato, cayendo en tierra bajo las balas de los insurrectos.” Aquí Bótev, primero, no aparece con su nombre, segundo: está convertido de un hombre joven de 28 años y de barba negra como el azabache en un anciano y barbiblanco revolucionario francófono tipo Garibaldi quien tanto apasionaba en aquella época a los militares españoles, sobre todo a los más jóvenes. No está tampoco presente la nacionalidad de los rebeldes. Pero el texto no pudo dejar de llamar la atención de los lectores del periódico militar. Más conciso pero en cambio más exacto en perfilar las proyecciones políticas del acontecimiento es Eusebio Martínez de Velasco en “La Ilustración Española y Americana”. El periodista comunica que “una parte de los pasajeros del vapor austríaco “Radetzky”, al parecer sencillos campesinos, empuñaron los fusiles y revólveres que tenían dispuestos en las bodegas del buque, y formaron una banda de 200 insurgentes a las órdenes del jefe Botioff, que desembarcaron en las inmediaciones de Costody, desplegando la bandera verde de los búlgaros.” Pero luego fueron atacados y asesinados: “un desventurado fin de aquellos patriotas.” Después que uno de los periódicos había enfocado el lado espectacular de la acción de Bótev, el otro sintetizó su carácter político. Y dejó como último acorde la palabra “patriotas”, que falta en la mayoría de publicaciones de aquel entonces. A ellos, a los patriotas del destacamento de Bótev de 1876 y a los todos los luchadores por la justicia, fueran búlgaros o españoles, dedicará 105 años más tarde un fogoso poema el célebre poeta español Rafael Alberti. En la ceremonia en Sofía, cuando se le entrega el Premio Internacional Bótev para 1981, don Rafael llama: “A Hristo Botev: Sopla, abuelo, la flauta,/ que las montañas se rebelen,/ que despierte el mar de su sueño,/ ¡en pie, en armas, humillados!...” Y ya en 1878, otro poeta español, cuyo nombre permanece desconocido, tradujo a su lengua natal la primera variante del emblemático poema de Nikola Zhívkov e Iván Vázov “Ruge el Maritsa”. Es el primer intento de traducción poética del búlgaro al español registrado en la historia. El español más bien ofreció su propia versión del poema y bajo el título “Himno patriótico de los insurrectos búlgaros de 1876” lo publicó en “La Ilustración Española y Americana” bajo el seudónimo “Hadji Tcheleby”. Allí empieza así: “La Maritza en su curso rebosa/ de sangre libre;/ y a sus bordes el búlgaro fiero/ la daga esgrime.” La repercusión española del Levantamiento de Abril de 1876 – situada en el marco de la europea – demuestra una vez más que se cumplió el objetivo estratégico de los dirigentes de la revolución nacional búlgara, de Benkovski y Bótev. En el otro extremo de Europa, España también se enteró de la voluntad del pueblo búlgaro de pelear y de sacrificarse en aras de su libertad. La opinión pública de España impidió a los círculos proturcos prestar apoyo abierto a la Sublime Puerta y a sus abogados en Europa. De esta manera, a la defensa internacional de los luchadores de Abril y de la causa de la liberación de Bulgaria aportó su contribución, si bien modesta, también la España progresista. Ella aún no conocía a Bulgaria pero le compadecía. En un tiempo en que Bulgaria tampoco conocía bien a España pero le simpatizaba. Por de pronto, aquí cabe un paralelismo histórico en el calendario, aunque entonces nadie sabía de él, ni en Bulgaria ni en España. Para los españoles, que habían adoptado hacía mucho el calendario gregoriano, el levantamiento no empezó el 20 de abril sino 12 días más tarde: el 2 de mayo. En Europa lo llaman la Insurrección de Mayo. El Dos de Mayo, sólo que de 1808, empieza la heroica Guerra española de Independencia contra los ocupantes franceses. El Dos de mayo de 1808 Madrid se levanta contra los invasores napoleónicos: con picas y puñales contra los modernos fusiles del ejército francés. Pérushtitsa y Batak, cuyos nombres encontramos en Fernández Bremón y Emilio Castelar, se rebelan con primitivos cañones de troncos de cerezo contra las modernas piezas “Krupp” de la tropa otomana. La tragedia de los defensores de Batak de abril de 1876 masacrados por las unidades otomanas de castigo se puede comparar con la de los insurrectos españoles fusilados por los soldados franceses en el barrio madrileño de Moncloa el 3 de mayo de 1808. Las crueldades de Moncloa están representadas en el célebre lienzo de Francisco Goya. Los últimos defensores tanto de Zaragoza como de Pérushtitza se parapetan con sus mujeres e hijos en el templo de Dios y combaten hasta el final. El clásico de la literatura búlgara Iván Vázov comparará su grandeza y sacrificio: “Pérushtitsa, villa en héroes prolija,/ ¡eterna la gloria de todos tus hijos!/ Porque pereciste, bajando a la fosa,/ tan gloriosa como Praga y Zaragoza,/ en el humo envuelta, en sangre bañada.” Dos de mayo. En este día, con una diferencia de 68 años, españoles y búlgaros dan una expresión sublime de su voluntad de libertad y de su disposición de sacrificio. Al hacerse eco del Dos de Mayo búlgaro, los españoles demostraron a sí mismos que el espíritu de su Dos de Mayo había prendido también en otras latitudes geográficas. Así se establece un vínculo espiritual más entre los pueblos de España y Bulgaria…
ESPAÑOLES EN LA GUERRA DE LIBERACIÓN “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos;… por la libertad, así como por la honra, se puede aventurar la vida” Miguel de Cervantes, “Don Quijote de la Mancha”
Al finalizar el Levantamiento de Abril, España no tiene en Bulgaria testigos, no tiene periodistas y diplomáticos informadores. En cambio, muchos españoles llegan al país durante la Guerra Ruso-Turca de 1877 y 1878. Ésta está motivada precisamente por la Revolución de Abril y trae la libertad al pueblo búlgaro. Si antes de esta insurrección en España se manifiesta por Bulgaria un interés muy vago, poco menos que sólo etnográfico, la Epopeya de Abril lo convierte en político y la Guerra de Liberación, en multifacético. En esta contienda, a diferencia de la de Crimea 23 años antes, casi todos los españoles son agregados ante el Cuartel General ruso, y no ante el turco. Llega como corresponsal de guerra el eminente pintor y amante de la libertad José Luis Pellicer. Lo envía “La Ilustración Española y Americana”. Desde Bulgaria, donde siempre está en las primeras posiciones, José Luis Pellicer envía a España sus dibujos con temas de las hostilidades y del modo de ser y de vida del pueblo búlgaro. A base de ellos, el semanario publica decenas de grabados que conforman “el período búlgaro” en la obra del notable artista. Él envía también cartas con valiosas descripciones de Gábrovo, Shipka y Svishtov, de los campesinos y campesinas búlgaros de la región de Pleven y de la tierra búlgara cuya belleza le recuerda la pintoresca región española de Navarra. Damos a continuación una cita de José Luis Pellicer: “La laboriosidad en Gabrovo llega al delirio: nunca se verá a una de sus mujeres sin trabajo. Por eso no es de extrañar que todos sus vestidos y las telas todas de la casa sean obra de sus ágiles manos. Nada, absolutamente nada, he visto en cuantas casas visité que no representara la industria doméstica. Tapices, cortinas, manteles, todo, en una palabra. La ciudad es en extremo pintoresca; la arquitectura, por demás original. Sujetos a los materiales del país, y sin preocupaciones de estilo ni de épocas, los albañiles de Gabrova han obtenido resultados que en poblaciones mucho más cultas no tienen arquitectos a todas luces inteligentes e ilustrados. El aspecto de las casas en conjunto y en detalle, sea por su construcción, por el color, por los materiales, o por todo reunido, nos recuerda una población del Norte, y nadie creería al pasar por sus calles que se halla en Bulgaria.” En la redacción de “La Ilustración Española y Americana” en Madrid, comenta los dibujos y completa las correspondencias de Pellicer el notable diplomático y publicista Enrique Dupuy de Lôme. Coloca a Bulgaria en el ojo del huracán balcánico, defiende el carácter justo de la guerra librada por los rusos por la liberación del pueblo búlgaro y resalta la participación activa de los voluntarios búlgaros en ella. En el número del semanario del 15.V.1877 el diplomático español escribe: “Los búlgaros se preparan а levantar el pendón del león coronado y a defenderlo con treinta mil fusiles rusos. Quieren volver a levantar la bandera que a su emperador Shismán arrancó Bayaceto I.” Cabe subrayar que después de los combates de Stara y Nova Zagora, Dupuy de Lôme emplea un nuevo término para calificar a nuestros voluntarios: “aliados de los rusos”. Así, eleva cualitativamente la contribución de nuestro pueblo al desenlace de la guerra. Después de los combates por el desfiladero balcánico de Shipka, que fueron de importancia decisiva para el desarrollo de la contienda, otro periódico español, “El Siglo Futuro”, comunica que “la legión búlgara mandada por el general Stoletov se portó admirablemente en las alturas defendidas, entre una verdadera lluvia de balas”. Lo confirmará Pellicer, y un fecundo escritor español, Torcuato Tárrago y Mateos, dedicará a la epopeya de Shipka el primer cuento con protagonistas búlgaros conocido en la historia literaria española. Poco después de terminar estos encarnizados combates, el narrador español compondrá la conmovedora historia de los recién casados búlgaros Aneta y Nicéforo y del padre de la novia Stoilko. Ellos son uncidos junto con otros 800 búlgaros como bueyes para tirar hacia arriba, hacia Shipka, los cañones turcos para el ataque a las posiciones de los defensores ruso-búlgaros del desfiladero. Los tres consiguen escapar individualmente y son descubiertos cerca de las posiciones rusas por un corresponsal de guerra español inventado por el autor. Después de las batallas, él los presenta al general ruso Radetski quien los felicita por el valor y les brinda su bendición. En su libro sobre la Guerra de Oriente, Tárrago y Mateos escribe con admiración de Veliko Tárnovo y de la entusiasta acogida a los rusos en la capital medieval búlgara. Describe esta acogida como testigo también José Luis Pellicer. Y casi una semana después de entrar los rusos en Tárnovo, llega allí otro corresponsal español. Su nombre es Saturnino Giménez y ha sido enviado por la revista madrileña “La Academia”. Él es el corresponsal de guerra extranjero que permanecerá más tiempo en Bulgaria y los Balcanes, años después de terminada la guerra, y dejará descripciones sumamente valiosas del país y de su pueblo. Será él quien exclamará con admiración: “¡La Bulgaria es la Andalucía del Oriente!” Aquí vamos a citar sólo una pequeña parte de su reportaje de Veliko Tárnovo: “Las calles son angostas, pero excesivamente características. Aleros salientes, puertas bajas, miradores de cristales, ventanas, medio ventana y medio ajimez, veladas por celosías, por cuyos leves listones trepan las enredaderas, ladrillos de colores, muros caprichosamente pintados; tiendas levantadas un metro sobre el nivel del suelo y abiertas de par en par, como el escenario de un teatro; mujeres con la faz encuadrada en un blanco velo, una rosa en la sien y un niño en la mano, saliendo curiosamente a la puerta; un grupo de mozos, con escarapelas rusas, que pasea las calles entonando patrióticas coplas; cosacos abrevando sus corceles en las fuentes, al lado de las pintorescas búlgaras, de saya corta, pies descalzos, camisa de ligero descote, anchas mangas y bordada en colores múltiples; hombres de tostado rostro y luengos bigotes, vestidos a la turca, fumando pipas como alabardas; un movimiento a todas luces inusitado en la villa, un júbilo y una animación que pugnan por manifestarse de la manera más elocuente posible.” Saturnino Giménez entrará con los rusos también en Sofía, la futura capital de Bulgaria, donde verá a los pintorescos shopes locales con sus cabezas afeitadas y una larga trenza que dejan colgar por la espalda. Descubrirá que el lacre es llamado entonces por los búlgaros “cera de España”. Probará el “pan de España”: el pandishpán muy apreciado por nuestras abuelas, que fue traído por los judíos expulsados de España en 1492. Se asombrará de ver que entre los montones de monedas que adornan los cuellos de las campesinas búlgaras, cuelgan numerosas pesetas columnarias españolas acuñadas en las colonias españolas de América en el siglo XVIII. Giménez se encuentra con católicos búlgaros en la ribera del Danubio y cerca de Plóvdiv. Se encuentra con Pellicer y se fotografía con él y con otro español, todo un marqués, allá en la llanura cerca de Pleven donde los rusos libran duras peleas contra el ejército del sitiado general turco Osmán-Bajá. Bueno, no se encuentra con el pretendiente al trono español Carlos VII de Borbón que en 1876 pierde la última guerra carlista contra el gobierno central de España. Petersburgo rompe sus relaciones con Madrid ya en 1833, por lo cual don Carlos decide que podría conseguir el apoyo de los rusos para sus designios de llegar al trono español. Y llega con las tropas rusas a Bulgaria. Incluso, conduce al ataque todo un regimiento de jinetes rusos y rumanos contra los defensores turcos de Pleven. Va al combate sin armas, y más tarde recibe una cruz de valor rusa. Uno de los primeros hombres de la comitiva de don Carlos es еl general M. González Boet. En julio de 1877 “El Siglo Futuro” publica una carta enviada por él desde Svishtov, Bulgaria, en la que el oficial analiza la fase inicial de la guerra. En la carta leemos: “Cualquiera que sea la explicacion que den los turcos al afortunado paso del Danubio por los ejércitos rusos, lo que se puede asegurar es que ha proporcionado a los invasores no sólo una superioridad moral absoluta en la Bulgaria. Su efecto moral es que muchos búlgaros toman el fusil, reforzados y secundados por millares de compatriotas que tras larga emigracion, regresan de Rumania, Servia y otros países.” Muchos testigos occidentales escriben entonces que los búlgaros reciben con entusiasmo a las tropas rusas. Pocos, sin embargo, han subrayado que también los propios búlgaros – no sólo los voluntarios emigrantes que acuden del extranjero sino los hombres en la propia tierra búlgara – se incorporan en masas a la guerra por la liberación de Bulgaria. En esta guerra el Madrid oficial permanece neutral, mientras que la opinión pública se decanta por los rusos y los búlgaros. En noviembre de 1877, Enrique Dupuy de Lôme declara: “Deseamos la victoria a las armas rusas si emprenden nueva campaña en 1878, y la libertad de los eslavos, por cuya causa hemos abogado, porque creemos que es la de la justicia y la civilización.” En octubre del mismo año, también José Luis Pellicer manifiesta su credo: “Los votos de quien juzga esta contienda con serena imparcialidad se dirigirán a la completa derrota de Turquía, no por apego a Rusia, sino por simpatía hacia esas infelices poblaciones que gimen bajo el más absurdo de los despotismos.”
OPINIONES ESPAÑOLAS SOBRE LOS ACUERDOS DEL CONGRESO DE BERLÍN La libertad de una gran parte de los búlgaros resulta un concepto mediatizado o nulo después de los acuerdos de las potencias europeas tomados en un Congreso de Berlín. Éste se reúne en el verano de 1878 y despedaza las tierras búlgaras liberadas como resultado de la guerra. Devuelve toda Macedonia al Imperio Otomano y convierte Bulgaria del Sur en la región autónoma de Rumelia Oriental, con un gobernador cristiano al frente, subordinado al sultán. Los acuerdos del Congreso perjudican duramente al pueblo búlgaro. Se le asesta un golpe cuando aún no se ha secado la tinta de las firmas estampadas por la vencida Turquía y la vencedora Rusia al pie del Tratado de San Stéfano del 3 de marzo de 1878, por el cual Bulgaria vuelve a aparecer en el mapa de Estados de Europa, en los límites étnicos de la nación búlgara. En España, comentan las decisiones del foro de Berlín así: “En el Congreso que empezó en Berlín tal vez resulte algo que haga a los comerciantes de la City frotar las manos de satisfacción. ¿Y la paz? No, no saldrá la paz de él.” Es lo que escribe el publicista Urbano Ferreiroa en “El Imparcial” madrileño en junio de 1878. “El edificio construido en Berlín no descansa en fundamentos muy seguros”, declara en enero de 1879 Martín Ferreiro, el más ilustre especialista español de entonces en geografía política. “El tratado de Berlín, que se dictó para fundar la paz, ha sembrado gérmenes de guerra. Tantas heridas reabiertas; tantos proyectos frustrados”, exclama en 1881 el político Emilio Castelar. “Con la misma dureza de corazón con que tres emperadores hicieron el reparto de Polonia, se discutieron en la Conferencia de Berlín los límites de Bulgaria, y olvidándose de que el Tratado de paz de San Estéfano había sido aceptado por Turquía, vencida, se fueron recortando las lindes que la victoria había dado a la nación nueva… Toda la guerra que más tarde había de ensangrentar la península turca, ¿no tiene su origen en ese malhadado Tratado de Berlín?” Así se indigna Dionisio Pérez, decano de los periodistas españoles, en 1915, largos años después del Congreso, para explicar y justificar la Unificación del Norte y el Sur de Bulgaria, de 1885. Y no para justificar sino para explicar la entrada de Bulgaria en la Primera guerra mundial del lado de Alemania y Austria-Hungría.
LA PRENSA ESPAÑOLA Y LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE En 1879, la mayoría de los periódicos españoles siguen con interés el trabajo de la Asamblea Constituyente del joven principado búlgaro en Veliko Tárnovo. “La Época”, por ejemplo, escribe en febrero del mismo año: “Hace ya 5 siglos que Tirnova dejó de ser capital de un estado independiente. Por consiguiente, la reunión de los notables búlgaros equivale para Bulgaria a una resurrección y se comprende que sea grande el entusiasmo.” No faltan advertencias en cuanto al papel de mentor que la autocracia rusa se empeña jugar en los asuntos internos del nuevo principado que en 1879 aprueba su Constitución. Las valoraciones españolas de ésta son positivas, en líneas generales.
JUICIOS SOBRE LA UNIFICACIÓN DE BULGARIA La Unificación del Norte y el Sur de Bulgaria en 1885 y la guerra que la sucedió, declarada por Serbia a Bulgaria, vuelven a despertar en España el interés por los problemas búlgaros. “El Imparcial” informa: “Se cree que la revolución de Rumelia es fruto de los anhelos nacionales realizados a pesar de las advertencias de las potencias.” Pero en principio los analistas españoles, entre ellos Castelar, no aprueban el acto de Plóvdiv hasta tanto no se enteran de que no ha sido inspirado por Rusia sino que es una obra netamente búlgara, censurada por Petersburgo. Entonces, hasta elogian a los búlgaros. Castelar: “El primer resultado ha sido mostrar la solidez increíble de la nueva nación búlgara. El más alto de sus protectores la hiere, cuando realiza el pensamiento nacido hace ya tiempo de su histórica protección; y al verse abandonada, lejos de abatirse o desmayarse, muéstrase más resuelta, y con firmeza mayor, a cumplir los ideales acariciados y los propósitos seculares de todos los suyos.” El 25.XI.1885 muere inesperadamente el rey español Alfonso XII y la prensa del país está ocupada con la noticia y sus consecuencias para España. Sin embargo, no deja de admirar el heroísmo del joven ejército búlgaro en defensa de su patria. “Mal negocio ha hecho el rey Milano de Servia al pisar el suelo búlgaro. Se proponía impedir la unión de Bulgaria y de Rumelia, y hasta ahora resulta que la está consolidando”, dice José Fernández Bremón.
UN FOLCLORISTA CATALÁN PRESENTA LA POESÍA POPULAR BÚLGARA Poco después de estos acontecimientos, en 1887, el eminente folclorista y patriota catalán Pedro Pablo Bertrán y Bros (1853-1891), luchador por los derechos nacionales del pueblo catalán en los límites del Estado español, publica en Barcelona un libro poco voluminoso pero muy valioso, sobre la poesía popular búlgara. Presenta a Bulgaria en forma multifacética dándola como ejemplo de patriotismo a sus connacionales. Describe su historia, cultura, costumbres y creencias. Subraya que las canciones de los búlgaros son mucho menos conocidas que las rusas y serbias, pero que no son menos hermosas. Encuentra similitud entre la leyenda de san Jordi, el patrono de Cataluña, y la leyenda búlgara de san Jorge, ilustrándola con una canción del compendio de los hermanos Miladínov “Canciones populares búlgaras”. Bertrán y Bros respalda sus conclusiones con versiones de obras tradicionales búlgaras que él mismo hace del francés al catalán. Son las primeras traducciones en Cataluña de poesía búlgara en general, y además de muy alto nivel literario. Y la primera presentación del folclor búlgaro en España. Si bien poco voluminoso, el libro de Bertrán y Bros tiene gran valor. Es una prueba del interés no sólo literario sino también político que existió en Cataluña por Bulgaria en un período en que este país no figuraba entre los Estados que centraban la atención de España y de Europa.
EN BULGARIA TRADUCEN “EL QUIJOTE” Y ESCRIBEN DE ESPAÑA Las primeras traducciones en Bulgaria de obras de la literatura española datan de los años 60 del siglo XIX: “El Licenciado Vidriera” y fragmentos de “El Quijote”, de Cervantes. La primera traducción completa de la gran novela al búlgaro, a través del francés, aparece en 1882, sólo cuatro años después de la Liberación de Bulgaria de la dominación otomana. La siguiente la hace en 1893 el político y escritor Traiko Kitánchev, del ruso y el francés. Trabaja en ella mientras está en la cárcel por motivos políticos. También Cervantes empezó a escribir “El Quijote” en la cárcel. O sea que la célebre obra comenzada en una prisión española, es traducida, tres siglos más tarde, en una prisión búlgara… España como tema político aparece en la prensa búlgara ya antes de la Liberación. Los primeros periódicos búlgaros que salen en Estambul a mediados del siglo XIX comentan las guerras carlistas y “el bienio progresista” del general Espartero (1854-1856). Otros rotativos editados por la emigración política búlgara en Rumanía, por ejemplo el “Dúnavska zorá”, trazan paralelismos entre los acontecimientos revolucionarios españoles de 1868 y la revolución búlgara de liberación nacional que se estaba gestando. España está presente también en los fogosos artículos de Hristo Bótev en los años 70 del mismo siglo. Por su parte, el patriarca de la literatura búlgara Iván Vázov (1850-1921) subraya en su clásica novela “Bajo el yugo” (1894) que ya en tiempos del dominio otomano los escolares búlgaros estudiaban en las clases de Historia la Guerra de Sucesión Española de principios del s. XVIII. El mismo Iván Vázov es también uno de los primeros poetas búlgaros que dedican versos apasionados a España: “Un saludo te mando, espléndida España,/ oscura cual una leyenda, fogosa cual una bacante” (1880). En 1905, otro notable poeta búlgaro, Konstantín Velíchkov, exclamará con una idea no menos romántica de España: “Dejadme conocer Sevilla y Granada,/ tocar la arena de oro del Genil,/ ver la Alhambra con su esplendor/ donde la vida era un sueño encantador...” TrackbacksThe trackback URL for this entry is: http://kazakova.spaces.live.com/blog/cns!D18AAAB002EC2475!401.trak Weblogs that reference this entry
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