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Historia de los bulgaros 4ESPAÑA Y STAMBOLOV Lamentablemente, no eran un sueño encantador, ni mucho menos, las prácticas políticas en aquel tiempo ni en España ni en Bulgaria. En dos artículos en catalán publicados en 1890 en el influyente periódico barcelonés “La Renaixensa” se comenta el gobierno de Stefan Stambolov (1854-1895), primer ministro de 1887 a 1894: “Stambolov posee todo el arte de los grandes actores y no le hace nada que las tarimas que pisa sean pequeñas… Los españoles conocen perfectamente el arte de hacer cortes de todos los partidos, pero cuentan los bien enterados de la situación política y social de aquel principado que no hay en toda Europa una nación más avanzada en el arte de hacer diputados artificiales… En Bulgaria gobierna la porra.” A través de un prisma bien diferente contempla al polémico político búlgaro Emilio Castelar. Según él, Stambolov “arrastró a sus compatriotas a la fuerza por el camino doloroso pero fecundo del progreso, porque poseía el conocimiento preciso de las necesidades de su país. Su más ardiente anhelo era asegurar la completa emancipación de Bulgaria, realizar la aspiración de “Bulgaria para los búlgaros”, librar a su pueblo de la tutela rusa y de la soberanía otomana.”
UN OFICIAL ESPAÑOL VISITA LA BULGARIA LIBRE De este progreso de la joven Bulgaria a comienzos del siglo XX, las semillas para el cual fueron sembradas por Stambolov, testimonia el coronel Joaquín de la Llave y García. En el verano de 1908 el oficial pasa casi tres semanas en comisión de servicio en Sofía y Pleven. Poco después de esta visita escribirá un libro de notas de viaje en que dejará un detallado relato sobre el país búlgaro en rápida renovación y en particular sobre su capital que adquiere aspecto europeo. Quedará admirado de sus monumentos nuevos y nuevas calles, del templo de San Alejandro Nevski en construcción. Describirá como sumamente interesante el Museo Etnográfico y también el Museo Nacional donde ve un legendario cañón de tronco de cerezo, reliquia del Levantamiento de 1876. Hablará del prestigioso “Unión Club”, hoy desaparecido hace ya mucho, en el cual “existe la buena costumbre desconocida en España hasta en los círculos más aristocráticos, de andar descubiertos por los salones. Es más barato que la Gran Peña de Madrid y el cocinero no es peor.” Gran Peña es uno de los café-restaurantes más de moda en Madrid en aquel entonces. Llave y García cuenta de los pintorescos mercados de Sofía, donde “se encuentran hasta ministros seguidos de un ordenanza que lleva una red para meter los objetos adquiridos”. En estrecho vínculo con los mercados vuelven a aparecer en primer plano los shopes, hombres y mujeres, con su atractiva indumentaria blanca y azul guarnecida de rojo, y que 30 años antes habían llamado la atención de Saturnino Giménez cuando entró en la Sofía recién liberada con las fuerzas de avanzada rusas. El coronel describe los adoquines amarillos en el centro de la ciudad, tan peligrosamente resbaladizos en invierno, y el proceso de su colocación, como también los baches en las calles de Sofía “que hasta el año pasado estaba desprovista de empedrado”. Comunica que en vistas del progreso económico de la joven Bulgaria, muchos industriales y exportadores españoles, sobre todo de la muy desarrollada Cataluña, piden al cónsul español en Sofía que los ponga en contacto con empresas búlgaras para establecer una colaboración sostenida. Encuentra una bala en una de las trincheras cubiertas de maleza cerca de Pleven donde se habían librado épicas batallas entre rusos y turcos tres decenios antes, y se la lleva como recuerdo. Por lo demás, el oficial está increíblemente bien informado de estos combates: entonces eran estudiados detalladamente en las academias militares españolas. Al final, en Ruse, antes de pasar a Rumanía, el coronel español le da un abrazo de despedida al mayor Markoff, su acompañante permanente durante su estancia búlgara. Es el primer abrazo registrado en la historia entre un oficial búlgaro y uno español.
BULGARIA Y ESPAÑA ESTABLECEN RELACIONES DIPLOMÁTICAS Dos meses después, el 22 de septiembre de 1908, Bulgaria proclama su independencia jurídica de Turquía. Madrid la reconoce un año más tarde y el 10 de mayo de 1910 establece relaciones diplomáticas con el Estado que se transformó de Principado en Reino de Bulgaria. Poco después España envía un ministro plenipotenciario, Manuel Multedo. En la ceremonia de presentación de sus credenciales, el 20.01.1911, el zar búlgaro Fernando le asegura estar “deseoso de que las relaciones cordiales que felizmente existen entre las dos penínsulas que cierran a Europa sean cada vez más íntimas y extensas”. Pero deberemos esperar hasta 1923 para ver al primer representante diplomático búlgaro, Gueorgui Rádev, presentando sus credenciales al rey Alfonso XIII. Y apenas diez años más tarde será abierta en Madrid una legación búlgara.
OFICIALES ESPAÑOLES CON EL ESTADO MAYOR BÚLGARO Mientras, en octubre de 1912, estalla la Primera Guerra Balcánica. En ella Bulgaria y sus aliados Grecia, Serbia y Montenegro combaten con éxito contra Turquía. En este conflicto son comisionados como observadores ante el Estado Mayor búlgaro dos militares españoles: el comandante Manuel Lon y el capitán Manuel Pereyra. Ellos están siempre en las primeras líneas del ejército búlgaro que muestra extraordinario heroísmo y aporta la mayor contribución a la victoria común. En mayo de 1913, cuando recibe en audiencia de despedida al ministro plenipotenciario Manuel Multedo, el zar Fernando subraya que los dos oficiales han dejado, en los militares búlgaros y en su persona, excelentes impresiones. Los aliados ganan la Primera Guerra Balcánica, pero se enfrentan por los territorios conquistados. Bulgaria es la más perjudicada. En junio de 1913, llega la nefasta orden de su monarca de que las tropas búlgaras ataquen a sus ex aliados. Estalla la Segunda Guerra Balcánica - llamada también la Guerra entre los Aliados -. De los resultados de este desatino que terminó con la derrota de Bulgaria, Manuel Lon hace la siguiente constatación: “Fue así como se perdió en treinta días el fruto de la penosa campaña realizada contra los turcos y la esperanza que durante treinta años acariciaba la nación búlgara.” La esperanza de que se unifiquen en un solo Estado todos los territorios de la península poblados mayormente por búlgaros. Poco faltó para que España entrara en la historia búlgara como país pacificador. El Ministerio de Exteriores ruso sondeó a Madrid para saber si la diplomacia española estaría dispuesta a participar como mediador en negociaciones para el arreglo de los problemas litigiosos entre Bulgaria y Rumanía en la primavera de 1913, durante la Primera Guerra Balcánica. El conde de la Viñaza, embajador español en Rusia, envía una interrogación en este tenor al nuevo Ministro de Estado Juan Navarro Reverter y éste le da una respuesta positiva. Pero la iniciativa no llega a realizarse. Promovido a teniente coronel, Manuel Lon vuelve a Bulgaria durante la Primera Guerra Mundial, de nuevo como observador militar de España agregado ante el ejército búlgaro. Durante largos meses recorre con las tropas búlgaras toda Macedonia y escribe en las posiciones de los frentes y luego en Madrid un voluminoso libro. En éste, deja constancia, como testigo presencial,º del heroísmo del soldado búlgaro en los combates de la I Guerra Balcánica y en la Europea y de su acogida cordial por parte de la población de Macedonia donde, subraya el español, “predomina la raza búlgara”. Por lo demás, tratándose de Macedonia, ya en 1903 el marqués de Camposagrado, embajador español en Estambul, informa a Madrid que el Levantamiento que estalló el Día de San Elías del mismo año allí, era totalmente obra de búlgaros. Años más tarde, otro diplomático español, Germán María de Ory, acreditado en Estambul y Atenas, dará el nombre más exacto a la insurrección del día de San Elías: “La gran revolución búlgara de 1903.” Otro diplomático español, el cónsul en Salónica Antonio Suqué, deja en decenas de despachos a Madrid testimonios de extraordinaria importancia sobre el carácter y el desarrollo de las dos Guerras Balcánicas (1912-1913) y sobre las virtudes guerreras y humanas de los soldados búlgaros en los combates por Salónica y por toda Macedonia. Sus juicios difieren mucho de las tesis de algunos historiadores y políticos balcánicos de entonces y de hoy sobre los dos conflictos. Poco antes de que Bulgaria entre en la Primera Guerra Mundial, enfoca su prismático hacia nuestro país el afamado novelista Benito Pérez Galdós. Censura los planes del monarca búlgaro y de sus allegados de obligar al pueblo búlgaro a pelear, y encima como aliado de las Potencias Centrales. “Las actitudes germanófilas de Fernando de Bulgaria son, al parecer, contrarias a la opinión de su pueblo”, destaca el ilustre narrador español sólo cuatro días antes de la orden del zar de que el ejército búlgaro ataque Serbia.
LOS ÉXITOS DE LA NUEVA BULGARIA Meses antes, el 8 de mayo de 1915, a la nueva Bulgaria le dedica un artículo lleno de respeto en la revista madrileña “La Esfera” el notable publicista liberal español Dionisio Pérez. Con el instrumental filosófico y literario de los renombrados creadores españoles de la llamada Generación de 1898, Pérez defiende al pueblo búlgaro de las injurias de enemigos ignorantes y malintencionados a ambos lados del Atlántico. Los literatos de esta Generación están profundamente preocupados por el destino de España que en 1898 pierde en una guerra contra EE UU sus últimas colonias americanas: Cuba y Puerto Rico. Esta pléyade de célebres escritores y filósofos españoles sufren por España, sumida en un colapso espiritual, y buscan un camino nuevo para salir de la crisis. Un camino nuevo, con un nuevo conjunto de recursos nacionales y con nuevos ejemplos del desarrollo de otros pueblos. “Bulgaria – escribe Pérez – se reconstituyó ayer, como quien dice. Pero en Bulgaria el Islam no ha logrado inocular su espíritu fatalista, su molicie mental, sus ensueños sensuales. Y cuando Bulgaria logra constituirse en reino independiente, surge una asombrosa fuerza interior, que estaba contenida y retenida en los núcleos familiares. En la esclavitud, fue la familia refugio espiritual, escuela de trabajo y de libertad.” Y una comparación más: “Stefan Stambolov es un gobernante muy parecido, en la vida y en la muerte, a nuestro Cánovas del Castillo”. Político español, 6 veces primer ministro, Cánovas presidió al gobierno español durante el Levantamiento de Abril en Bulgaria y la Guerra Ruso-Turca que lo siguió. Fue asesinado en un atentado en 1897, dos años después de que en Sofía fuera asesinado a hachazos Stambolov. “Stambolov, dominador de las revueltas políticas que se parecen mucho a las españolas del siglo pasado y que tuvo un alarde de tiranía del poder civil, impone a todas las congregaciones confesionales, en sus seminarios y escuelas de niños, la enseñanza teórica y práctica de la agricultura. Sean ustedes, les dijo, todo lo ortodoxo, todo lo gregoriano, todo lo anglicano, todo lo mahometano que quieran, pero aprendan a labrar la tierra, que al cabo, todas las religiones coinciden en que éste es un medio eficaz para ganar el cielo. Y la tierra búlgara dio frutos de bendición.” Dionisio Pérez emplea todos los hechos posibles como armas en su apasionada defensa de los búlgaros: “Todo Ayuntamiento búlgaro está obligado a mantener, aun en las más pequeñas aldeas, una sala pública de lectura y escuelas nocturnas de trabajos manuales para adultos y para mujeres. Así, pasan de mil las Bibliotecas municipales.”
ESPAÑA Y LA PARTICIPACIÓN BÚLGARA EN LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL En la primavera de 1915, cuando fue escrito el artículo, Bulgaria, todavía neutral, podía contar con el apoyo moral de la opinión pública de España: uno de los pocos países europeos que no intervinieron en la Primera Guerra Mundial. Pero pronto llega la nueva decisión descabellada del rey y los gobernantes de Sofía: Bulgaria entra en el conflicto, y lo hace del lado del bloque alemán. Diplomáticos españoles acreditados en la capital búlgara, y también el teniente coronel Manuel Lon, describirán el hambre y las penurias de las mujeres y niños búlgaros que quedan, para siempre o durante años, sin sus maridos y padres clavados en las trincheras de la carnicería mundial. Contarán también del extraordinario heroísmo, de los grandes sufrimientos y del descontento de los soldados búlgaros en los frentes. Uno de estos españoles es Diego Saavedra quien, en lugar de viajar a Chile para donde había sido nombrado, fue enviado de urgencia a abrir y encabezar la legación en Bulgaria en 1915. Saavedra pasará en Bulgaria tres años de guerra y uno de posguerra y dejará muy interesantes relatos de la hambrienta y pobre Sofía, de las fortunas amasadas de prisa y de las crecientes protestas sociales. Tanto Saavedra como Lon se encuentran en Sofía durante la última y catastrófica etapa de la participación búlgara en el conflicto europeo. Ambos describen como testigos el Levantamiento de los soldados búlgaros de septiembre de 1918 y la abdicación del zar Fernando y el entronamiento de su hijo Borís III.
LOS AÑOS DE POSGUERRA El 27 de noviembre de 1918 el primer ministro búlgaro, el agrario Alexándar Stamboliiski, firma en París el tratado de paz con los Estados vencedores en la Primera Guerra Mundial. Sus cláusulas son extraordinariamente duras para Bulgaria. Tres años después, el gobierno de Stamboliiski concede a España el trato de la nación más favorecida. Madrid responde a Sofía con facilidades aduaneras y preferencias comerciales. Esto ocurre durante el mandato del nuevo ministro plenipotenciario español, José de Romero Dusmet, quien llega a Sofía a comienzos de 1920. Unos meses más tarde, él se referirá como testigo al trágico Éxodo al Reino de Bulgaria de las caravanas de miles de búlgaros que abandonan con angustia sus hogares, sus campos y las tumbas de sus padres en la Tracia del Mar Egeo. Este territorio, poblado mayormente por búlgaros, fue cedido a Grecia por la voluntad de los Estados vencedores en la matanza europea. El diplomático español escribirá con indignación: “Olvidados están los “14 puntos” proclamados por la Entente que debían servir de base al armisticio; olvidado también el principio de nacionalidades que reconoce la libre voluntad de los pueblos de escoger su patria, de determinación de las fronteras basadas sobre las condiciones étnicas de cada raza, de su idioma, de sus tradiciones.” Después de la guerra, otro español, el cónsul general búlgaro en Barcelona, traduce y remite a las instituciones de Madrid y a notables figuras públicas españolas la exposición oficial búlgara sobre el problema de la Tracia del Mar Egeo. Otros pocos meses después, Romero subraya en un despacho a su ministro de exteriores que algunos españoles, y en particular comerciantes que visitan Bulgaria, desconocen la mentalidad de los búlgaros por lo cual se enfrascan en situaciones embarazosas y hasta perjudiciales para sus intereses. Aquí, advierte el diplomático, todavía prevalecen, en la política y en el comercio, los procedimientos musulmanes y uno debe adaptarse a éstos. Justo cuando, al cabo de larga y laboriosa gestión, estaba a punto de conseguir para una casa barcelonesa condiciones ventajosas para la exportación de carbón búlgaro a España, los enviados españoles de esta empresa perdieron la paciencia. Insistían en que el contrato fuera formalizado rápido y en que la mercancía fuera suministrada igual de rápido y se enfadaron con un director búlgaro que con su indolencia ponía trabas a la transacción. Romero telefoneó a Stamboliiski quien despidió al director y zanjó la cuestión. Pero los españoles seguían descontentos: querían que 1000 toneladas de carbón llegaran enseguida desde las minas hasta el puerto de Varna. Se pelearon con otro director y el asunto volvió a un punto muerto. “En tales casos - subraya Romero - trato de inculcar a nuestros compatriotas que aquí la irascibilidad desprestigia al europeo que ignora el arte oriental de mentir por cortesía, que lo más importante es que las cosas se hagan con paciencia y dominio de sí mismo…” Más tarde, José de Romero comunica a Madrid del golpe del 9.VI.1923 contra el gobierno agrario de Stamboliiski con el que no simpatiza y cuyos errores critica en más de una ocasión. Tres meses después informa del levantamiento de comunistas y agrarios contra los golpistas. Éste estalló casi el mismo día del mes de septiembre cuando en España el general Miguel Primo de Rivera hace un pronunciamiento y establece una dictadura militar de siete años. En sus despachos, el diplomático español dedica particular atención al siniestro atentado perpetrado por la organización militar del Partido Comunista en la catedral de Santa Nedelia en Sofía el 16 de abril de 1925. Sus autores se proponían liquidar físicamente a todo el gobierno y al rey Borís III. El mismo día Romero sale de paseo primaveral fuera de Sofía y de regreso apenas consigue llegar hasta la destruida iglesia para enterarse de que muchos de los búlgaros muertos por la explosión de la máquina infernal bajo la cúpula de la iglesia eran buenos conocidos suyos o incluso amigos que junto con él habían regado la frágil flor de las relaciones entre Bulgaria y España. Después del atentado se desencadena una cruenta reacción gubernamental contra políticos, poetas y periodistas de izquierda. Anticomunista convencido, Romero informa de ésta situación con sordina. En 1928, en Bulgaria existen ya cinco viceconsulados honorarios españoles. Sin embargo, no hay ninguno regular, de carrera, y en 1929 el marqués de Dosfuentes, nuevo jefe de la legación española en Sofía, pide con insistencia a Madrid que abra uno, puesto que crece el número de judíos búlgaros de origen español (sólo en Sofía son 30 000) que adquieren la nacionalidad española. Algunos de ellos empiezan a viajar a la patria española de sus antepasados para hacer negocios o para instalarse allí permanentemente. Viajan a España también comerciantes búlgaros después de la apertura de una línea marítima regular entre Varna y Burgás y Barcelona y Valencia. Tanto el marqués como su predecesor insisten en que Madrid dedique mayor atención a los sefarditas búlgaros. Éstos, destacan en sus despachos ambos diplomáticos, editan sus periódicos y libros en la lengua que sus antepasados trajeron de España hace más de 400 años. Todo español llegado a Bulgaria – informan los dos - queda gratamente sorprendido al oír que en español se habla en comercios, calles y trenes. Los sefardíes escriben en este idioma dramas, poemarios y árboles genealógicos, adormecen a sus niños con canciones de cuna en español antiguo, tienen sus grupos folclóricos de canciones y danzas españolas antiguas, sus clubes, escuelas y otras instituciones culturales. Desean fortalecer sus vínculos comerciales, culturales y lingüísticos con su lejana madre patria española, es decir que pueden ser un excelente “lobby” español en Bulgaria. Romero insiste en que sea enviado a Sofía un profesor de lengua y literatura españolas: para enseñar a los judíos y a los búlgaros. Pero desde Madrid proponen enviarle no un profesor sino un sacerdote católico, lo cual le deja bien perplejo, y no sin razón.
BORÍS SHIVÁCHEV: EL FUNDADOR DEL HISPANISMO BÚLGARO De 1928 a 1931, el prestigioso bisemanario madrileño “La Gaceta Literaria” publica 12 artículos sobre la lengua, la literatura y la cultura búlgaras escritos por Borís Shiváchev: el primer hispanista búlgaro y traductor del castellano al búlgaro. Antes de que lo inmovilice en la cama una grave enfermedad, es trotamundos incansable por los caminos de Hispanoamérica, y luego, por las páginas de la literatura y cultura en lengua española. Shiváchev presenta en Bulgaria a varios escritores latinoamericanos, como también a Pío Baroja, Blasco Ibáñez, Miguel de Unamuno y al joven Federico García Lorca. Siempre a través de él, a través de su apostólica misión cultural plasmada en sus publicaciones madrileñas, los españoles entran en contacto con la literatura búlgara. Ya en 1928, su obra de pionero resulta apreciada por “La Gaceta Literaria”. Presentando a Shiváchev, la revista enfatiza: “Antes no se podía hablar de hispanismo en Bulgaria. Ahora ya está dado el primer paso en este sentido.” Borís Shiváchev se extingue en Sofía en 1932, antes de ver llegar a los primeros profesores españoles.
DOS LECTORES ESPAÑOLES Y UN DIPLOMÁTICO En 1933, dos años después de establecida la Segunda República Española, llega a Bulgaria el primer lector español, José Álvarez Prida, e inaugura un curso de español en la Universidad de Sofía. Aquí lo encuentra el diplomático republicano español Luis Tobío (1906-2003) quien llega a Sofía en Navidad de 1933. Tobío pasará en Bulgaria tres años y medio llenos de interesantes vivencias. Conocerá Sofía: ”una ciudad pequeña y graciosa, muy limpia y bien empedrada, con un ritmo urbano tranquilo y placentero, con buenos centros de enseñanza y museos.” Va a menudo al Teatro Nacional, y también a los numerosos baños públicos de agua termal. Se fija en la indumentaria abigarrada y para él exótica de los campesinos, con gorros y abarcas, a quienes encuentra por las calles de la ciudad. Lo asombran asimismo los muchos deshollinadores de ropa negra y aspecto de Mefistófeles que ve en Sofía. Tobío relata todo ello con un vivo sentido de los detalles en su libro “Recuerdos de un diplomático intermitente” que salió en 2003. En el libro habla también del primer lector español en Sofía. Como jefe de la legación, Tobió se enteró de que su compatriota pasaba largas horas junto a la mesa de bacarrá en el conocido “Unión Club” de Sofía, con éxito variable. Y que usaba su pasaporte semidiplomático español para transportar opio desde Turquía a través de Bulgaria hasta Francia. Tobió no le renovó el pasaporte y el lector se marchó ofendido. En su libro, escrito primero en el idioma de su Galicia natal, Luis Tobío presenta una rica colección de bosquejos de Bulgaria. Recuerda cómo uno de los anteriores secretarios de la legación en Sofía, José Sebastián de Erice, le había dicho: “Bulgaria era una maravilla. Se entra en ella llorando y se sale llorando. Porque bajo una apariencia gris latía un mundo lleno de interés, novedoso y hasta encantador.” Al final de su mandato, Tobío añade a este juicio sobre Bulgaria una palabra más: ley. Llega un nuevo lector, Estanislao Quiroga: “joven, inteligente y cordial”, según lo describe Tobío. Viene con el cometido de modernizar el idioma español de los judíos de Ruse pero se queda en la capital e imparte dos cursos de castellano. Uno es en la Universidad de Sofía, el otro, en el Club Español que en realidad es un activo centro cultural de los sefardíes búlgaros. Durante la dictadura del general Primo de Rivera (1923-1930), ellos pierden su estatuto de protegidos españoles que poseían ya desde los tiempos de los sultanes turcos. Por esta razón en los años 30 muchos adquieren la nacionalidad española. “Por ello – escribe Tobío - teníamos una pequeña colonia de nacionales que, en su mayoría, nunca estuvieron en España”. En estos dos cursos Quiroga forma a la primera cincuentena de traductores búlgaros hispanistas. Quiroga y Tobío se hacen amigos y alquilan un piso común. En los días feriados de todas las estaciones del año, el diplomático va a menudo de excursión con un grupo de amigos judíos. A veces se queda a dormir en albergues en Vítosha, la montaña al lado de Sofía, las más veces en “Aleko”, sobre su colchoneta hinchable. Más tarde dormirá sobre ella también en las trincheras republicanas durante la Guerra Civil. Tobío toma cariño a la naturaleza y al pueblo de Bulgaria, se familiariza con su historia y cultura. Admira la Iglesia de Boyana, cerca de Sofía, “con sus pinturas murales de los siglos XI al XIII, tan llenas de vida, tan realistas, tan lejos de los estereotipos de los iconos decadentes”. Diplomático muy erudito, polígloto, autor de ensayos, Luis Tobío trata en Sofía con la elite intelectual de Bulgaria. Junto con Tomá Tómov (1891-1988), pionero de los estudios hispánicos en la Universidad de Sofía, también polígloto y montañero, organiza en 1935 grandes actividades con ocasión del 300 aniversario de la muerte de Lope de Vega. Un huésped frecuente del piso de solteros de los dos españoles es el bien conocido y estrafalario intelectual Alexándar Balabánov, a quien Luis Tobío compara con el célebre filósofo español Miguel de Unamuno. Conoce también a dos grandes poetisas búlgaras: Elisaveta Bagriana y Dora Gabe a quienes define como “de gran sensibilidad y carácter, suaves y fuertes, cultas y tiernas”. En 1937 se marcha de Bulgaria, “no sin pena”. Muere en 2003, a los 97 años. En 1936, Quiroga ya ha vuelto a su patria donde estalla la Guerra Civil.
BULGARIA Y LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA “Ahora tu destino es mi destino, ahora tu suerte es mi suerte…”Nikola Vaptsárov, Cantos a un país
La contienda entre los republicanos y los franquistas, que se llamaban también nacionales, suscita enorme interés tanto en los círculos políticos búlgaros, como entre la población llana. El popular rotativo de centroderecha “Mir” escribe que “La Guerra española ocupa aquí la atención tanto de las personas instruidas como de las ordinarias”. Y que “incluso casi todos los campesinos alfabetos en nuestro país saben no sólo quién es Caballero y quién Franco, sino cuál de los periódicos aboga por éste y cuál por aquél”. En el “Slovo”, de derechas, leemos que “no es posible que seamos indiferentes respecto al desenlace de la lucha”. En el “Rabótnichesko delo”, comunista, que “el pueblo de Bulgaria, de ciudades y aldeas, se acuesta y se levanta con los problemas de la República Española”. El 12 de agosto de 1936, tres semanas después del comienzo de la guerra, el gobierno búlgaro declara su posición de no intervención y prohíbe que sea exportada producción militar para ambas zonas. Medio año más tarde, prohíbe asimismo la participación de súbditos búlgaros en la contienda. Esto ocasiona serias dificultades sobre todo a los voluntarios dispuestos a ir a combatir por la República. Algunos incluso son sentenciados por no haber acatado la prohibición. Prácticamente no hay deseosos de pelear en el otro bando. Carlos de Miranda, jefe de la Legación republicana en Sofía, pronto se pasa oficialmente del lado de los nacionales que han establecido su gobierno en Burgos, mientras que Luis Tobío permanece fiel a la República. Miranda ejerce una presión tan insistente como sostenida sobre Sofía para que reconozca de jure al general Franco. Resultó necesario que el diplomático búlgaro Altánov explicara confidencialmente a su colega español: “¿Pero por qué se empeñan Vds. en crearnos dificultades? Nosotros no giramos alrededor del Eje Roma-Berlín; tampoco nos inspiramos en París ni en Moscú; pretendemos guardar una total independencia política y libertad de acción. Queremos entrar en relaciones con el Gobierno del Generalísimo pero deseamos también, al menos aparentemente, conservarlas con el republicano. Nuestras simpatías están del lado de la España Nacional; pero no nos pida Vd. exteriorizarlas solemnemente.” Al cabo de casi dos años de vacilación, tiempo en que en Sofía conviven dos representaciones diplomática con dos jefes - Tobío y Miranda - y con dos banderas, el gobierno de Gueorgui Kioseivánov reconoce el poder franquista. Lo reconoce primero de facto, en septiembre de 1938, y en marzo del año siguiente, tres semanas antes del fin de la Guerra Civil, también de jure. En agosto de 1938, el periódico “Mir” llama a que establezcamos vínculos oficiales con el gobierno de Franco, y ello “sin quedarnos los últimos en la cola, como solemos hacer los búlgaros”. El autor del artículo G. Pavlov puntualiza que Sofía está dispuesta a enviar a Burgos un agente comercial, pero que Burgos no quiere aceptar un representante comercial, sino uno general, es decir, diplomático. Más bien fino intelectual que hábil diplomático, Tobío se percata, de todos modos, de que los servicios especiales búlgaros le espían. Y un día hasta le mandan a un “visitante” quien intenta persuadirle que organice el envío secreto de voluntarios búlgaros al campo republicano. Tobío se da cuenta de la provocación y dice que no. 11 días después de la victoria franquista, Miranda vuelve a Madrid. Allí, el 16 de enero de 1940 se firma un nuevo Acuerdo intergubernamental para regular el régimen de intercambios comerciales y pagos entre los dos países. Bulgaria es uno de los primeros Estados con los cuales la España de Franco formaliza semejante acuerdo. Anteriormente, se habían concretado dos más: en 1922 y en 1934. Antes de la Guerra Civil, Bulgaria exporta a España millones de docenas de huevos e importa principalmente hilados de algodón y metales. La balanza comercial favorece a Bulgaria. La invasión de huevos búlgaros exportados a ambos bandos beligerantes en España continúa durante la guerra, si bien con ritmos mucho menos intensos. Siempre en enero de 1940, el representante diplomático búlgaro en Madrid, Ilía Boyadzhíev, fue recibido en audiencia por el general Franco quien expresó la esperanza de que Bulgaria permanecería neutral y al margen de la terrible calamidad mundial que era la Guerra Europea ya empezada. Mientras que la nuestra, declaró Franco, fue una necesidad, la europea es absurda e innecesaria.
BRIGADISTAS BÚLGAROS EN ESPAÑA “Venís desde muy lejos… Mas esta lejanía¿qué es para vuestra sangre, que canta sin fronteras? Rafael Alberti, A las Brigadas Internacionales
En el conflicto fratricida español que segó la vida de más de medio millón de personas, tomaron parte, entre otros, 460 voluntarios búlgaros, prácticamente todos bajo las banderas de la República. Los más llegan a través de Francia como estudiantes universitarios o turistas, sin saber casi nada sobre España. El más pobre atraviesa Europa de uno a otro extremo a pie por sus caminos nevados. Los más son comunistas, pero hay también anarquistas, agrarios, socialdemócratas, radicales y no afiliados a ningún partido. Combaten en la infantería, la aviación, la marina, las unidades de tanques, los servicios médicos, la industria militar, los destacamentos de guerrilleros. 11 se hacen tanquistas, entre ellos una mujer. Los españoles la llamaban con respeto “señorita capitán ingeniero“. Una de las pocas mujeres en el mundo de entonces formadas en una academia superior de tanquistas, ella dirigía un taller de reparación de tanques republicanos en la pequeña ciudad de Alcalá de Henares, no lejos de la casa natal de Cervantes. Más tarde fue general de las fuerzas armadas búlgaras. Se llama Polina Nediálkova. En el cielo de España combatieron por la República al menos tres aviadores búlgaros. Volaban 5 y 6 veces al día. Uno, el entonces teniente Kírilov, años después general del ejército del aire de Bulgaria, es herido sobre Guadalajara, después de haber ejecutado más de 160 misiones de combate. Otro muere sobre la ciudad de Andújar. Dos ingenieros búlgaros organizan la fabricación de proyectores antiaéreos para las necesidades del ejército republicano. Otro dirige la construcción de una importante línea férrea. Cientos pelean en Guadalajara y Teruel, en Andalucía y Levante, defienden Madrid en la Casa de Campo, en el Jarama y en Arganda. Otros combaten y mueren antes del propio fin de la guerra defendiendo Barcelona. Unos pocos realizan desde Madrid y Barcelona programas en búlgaro por radio destinados a los oyentes en su patria. El más joven, Marín Chúrov, es ametrallador. Muchos años más tarde será embajador de Bulgaria en Chile durante el gobierno de Salvador Allende y el golpe militar que lo derroca. Durante la guerra, el búlgaro Stoyán Mínev (Moreno) fue consejero político del Partido Comunista de España enviado por la Internacional Comunista. En España tuvo un hijo con una española y Moreno se casó con ella. Enseguida después de la guerra, ya en Moscú, Mínev escribe por orden de Stalin el primer estudio en el mundo (abril de 1939, más de 250 pgs.) sobre las causas de la derrota de la República. Sus planteamientos le salvan la vida. Decenas de voluntarios búlgaros se quedan para siempre en la tierra española. Casi por toda España hay diseminados huesos de integrantes búlgaros de las brigadas internacionales. Hoy, los vivos son menos de diez. En 1996, el entonces embajador español en Sofía Jorge Fuentes, cuyo padre peleó en la Guerra Civil del lado de Franco, condecoró con altas distinciones estatales a 18 búlgaros, los últimos vivos de aquellos casi 500 voluntarios. Les entregó las distinciones porque, según declaró, 60 años antes combatieron y estuvieron dispuestos a derramar su sangre por España, por una causa que ellos creían justa. Y por decreto del Rey Juan Carlos I les fue concedido el estatuto de ciudadanos españoles. Durante la Guerra Civil hubo muchos búlgaros que combatieron por la República Española desde aquí, en sus pensamientos, y algunos, con sus versos. Uno de los grandes poetas de Bulgaria, Nikola Vaptsárov (1909-1942), dedicó entonces a España el ciclo lírico “Cantos a un país”. Éste es la cumbre poética de la pirámide de obras que casi 15 notables poetas y escritores búlgaros dedicaron a la guerra en el lejano país. Vaptsárov sintetizó su credo en el poema “España”: “Ahora tu destino es mi destino,/ ahora tu suerte es mi suerte/ y yo participo constantemente/ en tu lucha por la libertad…/ Ahora combato hasta la victoria/ agazapado en los nidos de ametralladoras,/ por las calles de Toledo/ y ante los muros de Madrid.” Otro poema de Vaptsárov, “Carta”, recuerda las letras de las canciones de anónimos autores españoles compuestas y cantadas durante la guerra en ambos bandos beligerantes. En este poema, al igual que en aquéllos, está presente el personaje de la madre española. A ella la consternada Dolores le comunica la muerte de su esposo Fernández caído ante los muros de Madrid. En 1951, la dirigente de los republicanos y comunistas españoles Dolores Ibárruri visita Bulgaria. A propuesta suya, el Consejo Mundial de la Paz concede en 1953 su gran premio honorífico a Nikola Vaptsárov. Vota por él, entre otros miembros del jurado, Pablo Picasso. La tragedia de la Guerra Civil Española es el tema de una de las novelas más interesantes y modernas en la literatura búlgara: “Almas condenadas” (1945) de Dimítar Dímov. La bulgarista española Luzdivina Pérez escribía en 2001: “El personaje principal de la obra es España. El autor presenta una España compleja y torturada, una doble España, católica medieval y comunista.” Profundo conocedor del alma española, habiendo vivido en España inmediatamente después del conflicto bélico, Dimítar Dímov dejó también la obra de teatro “Descanso en Arco Iris” en defensa de la República, artículos y muchas notas de viaje dedicados a España. Años después, será un escritor español, José María Gironella, quien elija entre los protagonistas de su popular novela sobre la Guerra Civil “Un millón de muertos” (1961) a algunos búlgaros. Hay entre ellos dos voluntarios inventados apodados Papá Pistolas y Polvorín, porque llevaban encima muchas armas. El segundo era levantador de pesos y constantemente andaba buscando yogur, su alimento básico. Éste es un tópico español sobre los búlgaros que persiste hasta hoy. Cuando escribía una carta en cirílico, los españoles se le asomaban por detrás y le decían: “Tienen carajo esas palabras.” Y el búlgaro respondía: “También tiene carajo beber en bota o en porrón.” Éste es ya un tópico español sobre los españoles. Un batallón de voluntarios extranjeros llevaba el nombre del comunista búlgaro Jorge Dimitrov, luchador antifascista. En un gran proceso en Leipzig, en 1933, Dimitrov, acusado por los nazis de haber incendiado el Reichstag, se defiende con contundencia a sí mismo y a sus ideas y asesta el primer golpe moral al hitlerismo. A este acontecimiento y a Dimitrov dedicará su película “La advertencia” (1982) el gran director español Juan Antonio Bardem. Los búlgaros del batallón “Dimitrov” libran duros combates en el Jarama en febrero de 1937. Es, en realidad, una batalla por Madrid. En ella mueren muchos brigadistas, entre ellos el comandante del batallón Iván Grebenárov. Aquellos voluntarios búlgaros y de otras naciones que combatieron bajo la bandera del batallón “Dimitrov” no podían saber que un decenio más tarde, bajo la dirección y con la participación directa de Dimitrov, se establecería en Bulgaria una férrea dictadura comunista. Lucharon por la causa de la República Española, causa que creían justa. Y morían por ella. TrackbacksThe trackback URL for this entry is: http://kazakova.spaces.live.com/blog/cns!D18AAAB002EC2475!402.trak Weblogs that reference this entry
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